Etica para Amador por Fernando Savater

Les copio este link del video en que Savater se refiere a su famoso libro…

https://www.youtube.com/watch?v=Ihbb2R7DXpQ

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De Libertades, Prensa y Democracia

 por Laura Ruesja

Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

Rodolfo Walsh, Carta abierta a la junta militar, 24 de marzo de 1977.

 

Antes de empezar a hablar de lo que significa la libertad de prensa en las sociedades democráticas, creo indispensable hablar de lo que significa la libertad de expresión dentro de una sociedad, donde los derechos humanos son uno de los pilares fundamentales en la vida cotidiana. Justamente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, dice en su artículo 19 sobre la libertad de expresión: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Este principio, como los otros 29 que forman parte de la declaración mencionada, corresponde a uno de los derechos fuertemente defendido por los pueblos que hartos de la opresión, encuentran en las democracias una vía de escape, de liberación, de tranquilidad y un límite a la arbitrariedad o represión que suelen llevar a cabo quienes ejercen el poder de una sociedad.

Una vez que los pueblos conocen y hacen uso del derecho de la libertad de expresión, puede decirse que empieza un proceso madurativo, de crecimiento constante y de progreso. En este crecimiento, las sociedades se complejizan y empiezan a sentir la necesidad de tener interlocutores que faciliten a cada uno de los miembros que conforman el cuerpo social, la información necesaria para poder controlar a quienes son elegidos para ocupar/desempeñar cargos públicos.

Estos interlocutores son la prensa, los medios de comunicación, que a través de formas correctas de escritura, transmiten a la sociedad esa porción de realidad que ellos observan y analizan. El periodista, cuando toma la palabra, se supone que debe ser sumamente fiel a los principios de la profesión, tender a la objetividad, y no dejar de lado los detalles más importantes que luego funcionarán como herramientas que los ciudadanos usarán para controlar a los políticos.

Por eso, la libertad de prensa es indispensable dentro de una sociedad democrática, porque garantiza que se cumpla con el derecho a la libertad de expresión. Y aunque no es la única forma de que se respete ese derecho, contribuye a su pleno ejercicio.

En un país, donde la libertad de prensa está medianamente garantizada, los aspectos negativos que ofrecen las libertades de quienes tienen el poder pueden ser medianamente controlados, como por ejemplo, la corrupción política, el fraude económico.

Ahora bien, como vemos, la política está íntimamente relacionada con los medios, y necesariamente depende de ellos para desplazarse en su actividad social. Por lo tanto, ¿la política y la prensa son amigas?, ¿pueden sentarse a tomar el té y sonreír por cortesía todas las tardes de verano, otoño, invierno y primavera?

Creer que eso es cierto sería un mero acto de inocencia, un iluso convencimiento.

Si bien los periodistas de los distintos medios les reclaman libertad de prensa a todos los gobiernos que muestran sesgos despreciativos para con ellos, es lícito recordar y remarcar, que detrás de todo buen periodista, hay un bolsillo que llenar, un organismo que alimentar, una empresa para levantar. Hoy en día, los grupos económicos que manejan los grandes medios de comunicación no sólo defienden la libertad de prensa, sino que además, defienden la libertad de empresa; derecho fundamental propio del capitalismo y cada vez más garantizado/promovido por la globalización/mundialización.

Un medio se mantiene no sólo porque tiene periodistas y especialistas dedicados a los análisis sociales y estructurales de la realidad, sino que detrás también hay una pauta oficial correspondiente al gobierno de turno, números ensanchados de ceros provenientes de empresas que pagan por publicidad, y algún que otro apoyo de accionistas varios. Entonces, ¿qué hacemos si quienes defienden la posibilidad de hacer circular información de todo tipo y para todos deben, por otra parte, responder a intereses económicos de unos pocos?

También hay que destacar los medios que no responden a los intereses de un grupo económico, sino que responden a los intereses del gobierno de turno. Si pretendemos no ser ingenuos, es necesario tener en cuenta que cuando hay mucha subvención gubernamental, no sería extraño que se hable siempre bien de la acción de quien gobierna.

En la Argentina, por ejemplo, existen medios públicos (como la Televisión Pública), que si nos remitimos al concepto de lo público, deberíamos hablar de algo que pertenece a todos y al mismo tiempo no puede ser expropiado por nadie. Podríamos decir que en la Televisión Pública, deberíamos ver todos los días los dimes y diretes del ágora argentina. Lamentablemente, eso no sucede, ya que cuando se trata de información, se suele hacer un análisis tendencioso a favorecer al gobierno kirchnerista; alejándose de considerar el aspecto negativo o defectuoso que cualquier acción política puede tener.

Por otra parte, si nos vamos a la vereda de en frente, tenemos a los medios no oficialistas, que portando una bandera de yoNOmiento, se dedican exclusivamente a ejercer la oposición por la oposición misma y no el periodismo.

Así, entre los tirones que ejercen los diferentes medios de comunicación, la libertad de prensa se encuentra, para algunos, manoseada de la forma más violenta; mientras que para otros, esta es la época de mayor libertad.

Como suele ocurrir en nuestro país, el blanco y negro, la izquierda y la derecha, el River y Boca, se disputan la razón. No interesa realmente quién de ellos tiene razón. Lo que realmente debería interesar es qué razones tienen los ciudadanos para elegir uno u otro medio.

Apelando al concepto de Guerrilla Semiológica, propulsado por Umberto Eco, o el de Quinto Poder propuesto por Ignacio Ramonet, confío que quien deber salir a ejercer la libertad de expresión es el hombre común, el que responde a sus hijos, a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, a su lugar.

La capacidad de apartarse de la opinión de un medio y formar una propia, en base a la información otorgada por la prensa, debería ser el músculo a desarrollar por todos y cada uno de los que forman parte de esto que llamamos realidad.

Entender cuándo nos hablan en serio y cuándo intentan vulnerarnos con opiniones amarillistas, debería ser una actividad crítica, reflexiva y responsable, llevada a cabo por todos los ciudadanos que conforman una sociedad democrática. Ya que en sociedades democráticas el ciudadano es quien tiene poder de gobernar, y quienes ejercen ese poder en su representación no debe deben hacerlo con el poder de oprimir, sino en beneficio del soberano.

La democracia se hace en la diferencia, y para que haya diferencia deben existir, como en la música, una coexistencia armoniosa de agudos y graves capaces de agrupar voces de diversos tonos y colores. No hay que tener miedo a ejercer la libertad de expresión. Porque el miedo paraliza, inmoviliza. Hay que exigirles a los periodistas que aprendan a hacer buen uso de la libertad de prensa ya que se sustenta en un derecho humano fundamental de todo gobierno democrático y republicano: la libertad de expresión.

A los gobiernos les toca garantizar ambas libertades, de prensa y expresión, ya que, justamente,  una de las razones por las que se los elige es para que hagan respetar los derechos de todos, amparados por la democracia.

Cine e hipertextualidad: el caso de Baz Lurhman.  

por Mariel Ortolanomoulin

La funcionalidad de esta redefinición podría notarse al abordar el análisis de la producción de cierta cinematografía contemporánea. La obra del director australiano Baz Lurhman, uno de los muchos cineastas que recurre al diálogo entre textos en su concepción del lenguaje audiovisual, puede ser un ejemplo adecuado de producción hipertextual.

Formado en disciplinas diversas, como la regie operística, la plástica, la música y la dirección de arte, concibió una trilogía cinematográfica a la que denominó The Red Curtain (“la cortina roja”), a la que él considera una forma de audience participation cinema (“cine con participación de la audiencia”), de la cual forman parte Strictly ballroom (1992), Romeo + Julieta (1996) y Moulin Rouge (2001). Su propuesta estética, abiertamente hipertextual, se caracteriza por el intento, muy brechtiano, por otra parte, y netamente anti-aristotélico, de que el público sea conciente en todo momento de estar mirando una película; es deliberadamente artificioso y quiebra de manera enfática cualquier conexión con el realismo. A esta finalidad contribuye la ruptura del orden natural del relato por medio de planos de pausa, flash-backs muy bruscos y mediante constantes recapitulaciones e inversiones del orden temporal mediante acelerados y ralentís. Desde el tratamiento, ciertos toques de humor distancian al espectador del drama para hacerlo pensar en la construcción del relato.

El distanciamiento emocional conduciría naturalmente al público a reconocer los textos sobre los cuales la obra se articula. Como cineasta netamente posmoderno, Lurhman no es original en la elección de sus temas, sino en el tratamiento que hace de ellos. Los motivos son reelaboración de modelos anteriores: un modelo central en el caso de Romeo y Julieta, varios modelos- literarios, pictóricos, cinematográficos, arquitectónicos- en el caso de Moulin Rouge. En ambas obras se nota la relación hipertextual en tanto reelaboración de un modelo anterior (hipotexto), pero simultáneamente y no menos importante, la alusión constante a múltiples textos que se entrecruzan de manera polifónica.

Un ejemplo de esta concepción son las escenas del baile en la casa de los Capuleto en Romeo y Julieta, con su fusión kitsch de elementos antiguos y modernos.

la traviata

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Posmodernidad, parodia y Woody Allen

por Mariel Ortolano

Allen moderno y posmoderno

Diagnosticado como el gran narcisista de la prolífica generación de cineastas neoyorkinos que incluye a los grandes Martin Scosese y Francis Ford Coppola, Woody Allen anticipó más que ninguno de sus contemporáneos el aroma de la posmodernidad en el cine. Siempre autorreferencial, su producción más acabada y aclamada se inscribe dentro de los límites de los ochentas, para muchos, la década en que la crisis de los valores de la modernidad se manifiesta en su apogeo y en el inicio de su decadencia.
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Genette y la transtextualidad

Para trabajar sobre guiones adaptados (cinematográficos , teatrales y del espectáculo en general ) es necesario detenerse sobre los problemas de la adaptación de los géneros tradicionales (literatura, pintura, música y danza clásica, etc) a los géneros populares (ligados a la cultura de masas y las llamadas artes del espectáculo: cine, televisión, comedia y drama musical, música poplular y sus diversos géneros: jazz, tango, rock, etc).

La mayoría de los críticos coincide hoy en que es muy difícil que una producción cultural (sea o no artística) no remita a otra obra (otro u otros textos; en algunos casos, múltiples textos) ; ese ejercicio es el que Gerard Genette se propuso sistematizar en su ensayo Palimpsestos. La literatura en segundo grado bajo la denominación general de transtextualidad que abarcaría todos los modos con que un texto incluye , remite refiere, etc, a otro u otros textos de manera total o parcial. Les pido que repasen las cinco categorías de transtextualidad:

1- Intertextualidad: inclusión de un fragmento de un texto en otro por cita, alusión o plagio (El caso de Los Simpson es paradigmático; el guión remite constantemente a otros textos -literarios, cinematográficos, pictóricos, etc y además hace referencias extratextuales: introduce la imagen de artistas y políticos que intervienen en la trama ficcional de la serie). El recurso de la cita remite a la reproducción textual de un fragmento sea declarada o no su autoría- Se supone que el lector modelo debería estar consustanciado con los fenómenos culturales a los que refiere una determinada producción. El plagio implica la reproducción de un texto ajeno con mínimas modificaciones (que una nota periodística se titule Crónica de una renuncia anunciada, por ejemplo, establece un diálogo entre el título de la novela de García Márquez y la realidad política circunstancial); la alusión remite de un modo más indirecto al texto que refiere: en El Rey León (Disney) se alude indudablemente al conflicto central de Hamlet de Shakespeare aunque esto no se declara explícitamente. Continúa leyendo Genette y la transtextualidad

Diversos abordajes en torno a la influencia de los medios.


La sociología anglosajona fue la disciplina que introdujo el concepto de mass communication o mass media, tan generalizado en el ámbito de las Ciencias de la Comunicación, aunque otras líneas siguen prefiriendo la denominación de Medios de Comunicación Social, dado que el término masa enfatiza la connotación de anonimato y pasividad de las audiencias que, según los últimos estudios en la materia, no se ha revelado tan pasiva en la recepción de los mensajes de los medios.

1. El enfoque filosófico:

El estudio de los problemas referentes a las comunicaciones masivas ha atravesado dificultades en cuanto a su enfoque por parte de los teóricos de la comunicación. Por un lado, lo rechazan quienes minimizan su importancia en beneficio del estudio de realidades sociales más consistentes (economía, historia, clases sociales, luchas políticas, etc). Por otro lado, cuando se le reconoce su importancia, el enfoque de la problemática de los medios se polariza en dos actitudes contrarias: o bien se atribuyen a los medios de comunicación todos los males que agobian a nuestras llamadas sociedades de consumo, desde el adoctrinamiento sistemático de las conciencias hasta la vulgarización y la banalización de la vida cotidiana y de las mentes del público, o bien, en el extremo opuesto, se considera a los medios como instrumento de sensibilización de la inteligencia de los usuarios y se magnifica el poder transformador de su tecnología. Este debate entre corrientes teóricas de pensamiento que analizan los efectos de los medios fue sistematizado por Umberto Eco en su trabajo Apocalíticos e Integrados de 1964. Básicamente se refiere al alineamiento de la crítica en dos corrientes: la iniciada por los pensadores de la Escuela de Frankfurt, de raíz marxista y la iniciada por el filósofo canadiense Marshall McLuhan.
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Umberto Eco: sobre “Una guerrilla semiológica”

A más de tres décadas de la publicación de su libro Apocalípticos e Integrados, Umberto Eco retoma el debate en torno a la influencia de los medios y sostiene su tesis ya célebre sobre la imposibilidad de controlar la opinión pública y el protagonismo de la recepción. Es el público quien re-construye los mensajes a partir de sus propios códigos que varían según los diversos contextos sociales y las variables psicológicas de cada individuo. La Nación Revista realizó una entrevista al semiólogo italiano en setiembre de 2004, en la que Eco analiza el fenómeno de la recepción de las noticias sobre el atentado del 11-M en España.
Es interesante observar cómo reformula conceptos de su artículo de 1967 “Para una guerrilla semiológica”, uno de sus ensayos más lúcidos sobre el problema de los medios y la cultura de masas…Una guerrilla entendida como llamado a la responsabilidad individual y comunitaria frente a los avances de la cultura de masas: propiciar el análisis, agudizar el sentido crítico para evitar la recepción pasiva, éste sería el principal desafío de la cultura mediática.


 Tema libre / Umberto Eco

 El público le hace mal a la televisión
 

Los mensajes que dispara la pantalla pueden ser desbaratados por los televidentes. En este texto, el semiólogo italiano analiza lo que ocurrió en España tras el atentado del 11-M, cuando la gente no creyó en la versión oficial del hecho y suscitó una crisis en el gobierno de Aznar

Me llama por teléfono de Madrid mi colega y amigo Jorge Lozano, que enseña semiótica y teoría de la comunicación en la Universidad Complutense. Me dice: “¿Te enteraste de lo que ocurrió aquí? Confirma todo eso que escribieron ustedes allá por la década del sesenta.

Estoy haciéndoles releer a mis estudiantes la comunicación que hiciste en Perugia, en 1965, junto con Paolo Fabbri, Pier Paolo Giglioli y otros, y tu intervención en Nueva York en 1957 sobre la guerrilla semiológica, más tu ensayo de 1973 ¿El público le hace mal a la televisión? Ya se había escrito todo”.

Produce placer ser declarado profeta, pero le hice observar a Lozano que entonces no estábamos haciendo profecías: simplemente sacábamos a la luz tendencias que ya existían.

“Está bien, está bien -me dice Jorge-, pero los únicos que no leyeron aquellas cosas son los propios políticos.”

Tal vez ése es el asunto. En los años sesenta y principios de los setenta se decía en diversos lugares que sin duda la televisión (y en general los medios de comunicación masivos) es un instrumento potentísimo, capaz de controlar aquello que entonces llamábamos el “mensaje”, y que al analizar ese mensaje era posible ejercer influencia sobre la opinión de los usuarios y hasta directamente moldear su conciencia.

Pero se observaba que aquello que el mensaje decía intencionalmente no era necesariamente lo mismo que leía el público. Los ejemplos más obvios eran que la imagen de un corral lleno de vacas es “leída” de manera diferente por un carnicero europeo que por un brahmán de la India, que la publicidad de un Jaguar despierta el deseo de un espectador adinerado y provoca frustración en un desheredado. En suma, un mensaje apunta a producir ciertos efectos, pero puede chocar contra situaciones locales, con distintas disposiciones psicológicas y deseos, y producir un efecto boomerang.

Eso es lo que sucedió en España. El mensaje del gobierno quería decir “crea en nosotros; el atentado ha sido obra de ETA”, pero -precisamente porque ese mensaje era tan insistente y perentorio- la mayor parte del público leyó “tengo miedo de decir que fue Al-Qaeda”.

Y en ese punto se introdujo el segundo fenómeno, que en su momento fue definido como “guerrilla semiológica”. Se explicaba así: si alguien tiene el control de la emisión, no puede ocupar la silla ante la cámara, pero idealmente puede ocupar la silla ante cada televisor.

En otras palabras, la guerrilla semiológica consistía en una serie de intervenciones y actuaciones producidas, no desde el sitio de partida del mensaje, sino en el lugar al que llega, induciendo a los usuarios a discutirlo, a criticarlo, a no recibirlo pasivamente.

En la década del sesenta, esta “guerrilla” se concebía de una manera aún arcaica, como una operación de “volanteo”, como la organización de “teleclubes” según el modelo de los cineclubes, como intervenciones relámpago en el bar donde la mayor parte de la gente todavía se reunía ante el único televisor del barrio.

Pero en España, lo que ha dado un tono y una eficacia muy diferentes a esa guerrilla es el hecho de que ahora vivimos en la época de Internet y de los teléfonos celulares. Así, la guerrilla no fue organizada por un grupo de elite, de activistas de cierta clase, de alguna “punta de diamante”, sino que se desarrolló espontáneamente, como una suerte de “tam-tam”, de transmisión boca a boca entre los ciudadanos.

Lo que puso en crisis al gobierno de Aznar, me dice Lozano, fue un torbellino, un flujo imparable de comunicaciones privadas que cobró dimensiones de fenómeno colectivo: la gente entró en movimiento; miraba la televisión y leía los diarios, pero al mismo tiempo cada uno se comunicaba con los demás y se preguntaba si lo que decían los medios era cierto. Además, Internet permitía la lectura de la prensa extranjera, y las noticias podían confrontarse y discutirse.

Con el correr de las horas, se formó una opinión pública que no pensaba ni decía aquello que la televisión quería hacerle pensar. Fue un fenómeno epocal -me repetía Lozano-: el público verdaderamente puede hacerle mal a la televisión. Y tal vez todos sentían, como un sobreentendido: “¡No pasarán!”

Cuando, hace algunas semanas, en un debate yo sugerí que si la televisión estaba controlada por un único patrón era posible hacer una campaña electoral con hombres-sándwich que recorrieran las calles contándole a la gente las cosas que la televisión no dice, en realidad no estaba enunciando una propuesta divertida.

Pensaba más bien en los infinitos canales alternativos que el mundo de la comunicación ha puesto a nuestra disposición: también se puede responder a una información controlada por medio de los mensajes de los teléfonos celulares, en vez de transmitir solamente “te amo”.

Ante el entusiasmo de mi amigo, respondí que tal vez entre nosotros los medios de comunicación alternativos no estén aún tan desarrollados, dado que se hace política (porque es política, y trágica) ocupando un estadio de fútbol e interrumpiendo un partido, y que los posibles autores de una guerrilla semiológica están más empeñados en hacerse mal mutuamente que en hacerle mal a la televisión. Pero la lección española nos da, sin embargo, mucho que pensar.

L’Espresso/The New York Times/LA NACION
 (Traducción: Mirta Rosenberg)
El autor, italiano, ha escrito numerosas obras de semiología. A partir de "El nombre de la rosa" incursionó con éxito en la novela .