Narrativas hipertextuales:

Hacia una redefinición del concepto de hipertexto
por Mariel Ortolano

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Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda,
Seguiremos narrándolas, transformadas
.
Jorge Luis Borges, Los cuatro ciclos.

La noción de hipertexto inspiró gran profusión de ensayos desde la década de los ochenta, algunos provenientes de la ingeniería informática y en relación con la revolución cultural originada por la irrupción de las nuevas tecnologías de la información, en cuyo contexto, hipertexto designa al texto electrónico; otras, provenientes de la teoría literaria y los estudios semiológicos, en las que el término comenzó a utilizarse para definir una de las modalidades de producción literaria, cuya acepción, sobre todo en el caso de Gerard Genette, es diferente y designa la relación entre textos literarios.

Sin embargo, en la misma época, surgen interesantes conexiones entre las corrientes teóricas que analizan la dimensión tecnológica del hipertexto, es decir, el uso del texto digital y sus implicancias, entre varias, el posible desplazamiento del texto impreso por el texto electrónico y otras preocupaciones referidas al futuro del libro; por otra parte, los estudios provenientes de la semiótica, la teoría literaria y la filosofía, que analizan la dimensión metafórica del hipertexto.

Si bien la proliferación de ensayos sobre el tema y la carencia de una definición unívoca del término generó cierto caos conceptual, podría considerarse que en los últimos tiempos y, a partir de ciertos aportes teóricos que intentaremos sintetizar en el presente trabajo, el concepto de hipertexto asume la categoría de metáfora apta no sólo para caracterizar al texto digital o a cierto tipo de texto literario, sino también, en un sentido más amplio, como una noción válida para caracterizar las producciones culturales contemporáneas.

Intentaremos una redefinición del concepto de hipertexto a partir de la recapitulación del origen del término y de la revisión de las diferentes acepciones que fue asumiendo a partir del aporte de autores provenientes de diversas disciplinas, con la intención de unificar criterios que pueden ser contradictorios sólo en apariencia.

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La guerra o la paz: paradojas de la democracia en Lincoln (2012) de Steven Spielberg

Ponencia para las XL Jornadas de la Asociación de Estudios Americanos-Facultad de Filosofía y Letras, buenos Aires, 2014.

Abstract:

Este trabajo pretende reunir algunas reflexiones sobre las contradicciones y aparentes contradicciones de la democracia como sistema para un país que se constituyó en un precursor de la forma republicana de gobierno entre los países de Occidente. Hacerlo desde la propuesta cinematográfica de Steven Spielberg en su película Lincoln de 2012 encuentra para nosotros justificación ya que se trata de un film clásico en su estilo y reproduce con fidelidad muchos conceptos expresados por las diferentes facciones que discutieron problemas tan graves como la guerra de secesión y la abolición de la esclavitud en Estados Unidos, el conflicto entre el espíritu de libertad y la persistencia del racismo que se centraliza finalmente en la necesidad de definir, al menos parcialmente, qué significa igualdad, qué significa justicia.  Al mismo tiempo, observaremos cómo Lincoln personaje, revela una faceta del hombre histórico: su condición de político, su capacidad para la diplomacia: la constante búsqueda de argumentos a favor de su propósito, la afirmación de su poder ante los políticos y por otra parte, su solidaridad con las clases bajas. Por último, el demostrar dignidad ante el mundo. Spielberg supo exponer argumentos contrarios a los del personaje histórico, lo cual permite al espectador pensar nuevamente sobre las difíciles elecciones que conlleva la libertad y reflexionar por qué, pasados tantos años de democracia en los países postindustriales, las desigualdades persisten y también las injusticias.

Las dos facetas de Spielberg

Posicionado en la cima del cine industrial hollywoodense, conoce como pocos los secretos del lenguaje cinematográfico y las tramas que conducen a un éxito seguro de taquilla; el director de las películas de género, no pocas veces tenidas en menos (aventuras, ciencia ficción), ha intentado en ocasiones presentar ante el mundo cinéfilo una vertiente reflexiva, casi siempre ligada a la historia de Estados Unidos, sus principales conflictos sociales y, especialmente, a sus conflictos bélicos. Las desgracias de la guerra lo convirtieron en el director- autor que Spielberg quiso ser y que obtuvo galardones suficientes con La lista de Sclindler, Rescatando al soldado Ryan, Amistad, Münich y, últimamente, Lincoln, que retrata la sociedad estadounidense y sus conflictos políticos durante el periodo que se convertiria en su mayor trauma histórico: la guerra del Norte contra el Sur y el debate sobre la abolición de la esclavitud.

La película Lincoln presenta una visión netamente realista que la convierte en un fresco histórico. La marcación actoral, justamente, aconsejaba a los actores no dejar jamás durante la filmación el tono, el lenguaje elevado, la gestualidad y la postura típicas del momento histórico. Si bien esta concepción podría resultar poco original, es evidente que  contribuye a no distraer al espectador del núcleo más importante del guión: el debate sobre una serie de valores que definieron la política y la identidad estadounidense desde los orígenes, valores que se expresan como íntimamente ligados pero que se presentan en clara contradicción en ocasión de una d elas guerras civiles más sangriuentas d ela historia de Occidente. El pueblo que se funda para libertad y la igualdad declara la desigualdad intrínseca de un grupo racial: el negro y descree además de la justicia del acto de la abolición de la esclavitud; más de sesenta años después de que en las oscuras provincias del Río de la Plata, la asamblea del año 1813 decretara la abolición de la esclavitud y la libertad de vientres.

(….) La acción del film se define temporalmente en 1865, cuando ya habían transcurrido cuatro años de la guerra del Norte contra el Sur y Abraham Lincoln ya hacía dos meses había sido reelegido como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.  Destruido el espíritu de la mayoría por el sangriento legado de la guerra, aun los miembros de su propio partido, el republicano, reprochan al presidente una idea que parecía convertirse en obsesión y obcecación: conseguir que el parlamento aprobara la decimotercera enmienda de la Constitución que decretaría la abolición de la esclavitud antes de que la guerra terminase. La contradicción que es solo aparente y definimos como paradoja es que solo en tiempos de guerra el presidente posee según la constitución de Estados Unidos el denominado poder sobre la guerra (war power); finalizada la contienda bélica, esta cuota adicional de poder se diluiría y, por lo tanto, la posibilidad para Lincoln de cumplir su objetivo de abolir la esclavitud y cumplir su ideal de igualdad ante la ley (sin incluir la posibilidad de acceder al voto, lo cual en aquellos tiempos resultaba inaceptable tanto para las mujeres como para los negros de ambos sexos). Este es el conflicto que el personaje de Lincoln trata de resolver con su capacidad diplomática y persuasiva.

Consideraremos al menos cinco problemas que conforman los núcleos argumentativos de la moción del personaje Lincoln.

  • El problema de la igualdad en sí, como tema filosófico ligado a la libertad, uno de los principios fundacionales del espíritu americano. ¿Qué significa ser libres? ¿Qué significa ser iguales?
  • El problema de la igualdad ante la ley vinculado a la continuidad de la esclavitud del negro. Lincoln busca para ellos la libertad para no ser una posesión de otros, no la igualdad cívica.
  • El problema de la guerra como instrumento válido para dirimir conflictos. ¿En qué contextos puede hablarse de guerra justa? ¿En qué contextos se trata de un producto de la ignorancia o de la no redimida pasión humana de dominio, de la voluntad de poder o de la soberbia de la conquista?
  • El problema de la justicia. En relación con el punto anterior, es indudable que el concepto de la justicia de una guerra conduce a discutir la noción misma de justicia, o, al menos, cuál o cuáles son los conceptos de justicia que se ponen en consideración al decidir iniciar o finalizar una guerra.
  • El problema de la moral de la guerra. Por último, el problema de si existe una moral de la guerra, una ética que justifique ciertos actos que fuera del conflicto bélico serían juzgados inmorales. Este último tema es uno de los más sutiles y constituye el núcleo de las grandes películas bélicas que ha dado Estados Unidos, Apocalypse Now entre ellas, dirigida por Francis Ford Coppola, estrenada en 1979 sobre el conflicto Vietnam. Al desarrollar estos cinco puntos, me referiré a algunos de sus diálogos con el fin de compararlos con los diálogos centrales de la película de Spielberg.
  • El problema de la igualdad es el primer debate que se plantea en la película. De modo socrático, el personaje Lincoln razona con sus partidarios y enfrenta argumentos como el que cito: “Nadie puede declarar iguales a quienes Dios creó desiguales”. El principio que Lincoln contrapone a este es “quien odia a los negros, odia a Dios por hacerlos negros”. También al modo socrático y haciendo gala de cierto sentido del humor, Lincoln dice que el problema de la igualdad en sí misma no puede discutirse, pero un político puede discutir y decidir la igualdad ante la ley. el derecho de que un ser humano no sea posesión de otro ser humano considerado superior.
  • El problema de la igualdad ante la ley está ligado al derecho de todo ser humano a la libertad. Este es el mayor principio que Lincoln defiende, incluso por sobre la necesidad de evitar o finalizar una guerra: la libertad que exige que un ser humano no sea posesión de otro ser humano considerado superior. El barco con el que sueña Lincoln al principio de la película es el gran viaje de la abolición de la esclavitud como sinónimo del cumplimiento de un sueño: lograr la libertad que se declara como principio americano superior.
  • El poder y la guerra. Lincoln hace uso del war power y lo critican por eso. Se juzga su accionar como el de un tirano que condena a su nación a seguir derramando sangre. Lincoln, diplomáticamente, lo admite, no como acto de autoritarismo sino como medida para negociar políticamente la cantidad de votos suficientes para la aprobación de la 13º enmienda (sutilmente se menciona que la obtención de votos elude sobornos pero admite la adjudicación de cargos).

Un demócrata expone que la abolición de la esclavitud del negro redundaría en la opresión del blanco y que la paz como valor estaba por encima de la cuestión de la esclavitud, que podía ser avalada por el derecho natural (la idea de que Dios creó a los hombres desiguales). En este punto Lincoln elige entre dos valores: la paz inmediata o la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Esta opción por la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos americanos se antepone en su visión a la opción por la paz, pero su postura es que esa prolongación de la guerra sería juzgada más adelante como un bien o como un sacrificio necesario. En este sentido, Lincoln utiliza un argumento pragmático: el fin justifica los medios.

  • El principio de justicia ligado a la validez de la guerra se plantea partir de un diálogo muy interesante que el personaje Lincoln sostiene con dos jóvenes (ingeniero, uno de los dos), a quienes Lincoln, como si tratara de razonar en voz alta consigo mismo, les pregunta retóricamente: “¿Elegimos nacer? ¿Encajamos en el tiempo en que vivimos?”.  Los jóvenes continúan escribiendo sin saber responder de un modo inteligente. Entonces el presidente les refiere el primer principio de Euclides, una noción matemática básica, con la que intenta fundamentar su criterio de justicia y su necesidad de apoyar la igualdad de todos los grupos sociales aun a tan alto costo: “Las cosas que son iguales a la misma cosa, son iguales entre sí.  Esto es evidente y es verdad, porque funciona y ha funcionado por más de dos mil años. Ese equilibrio es la justicia”, dice Lincoln.

            Él es consciente de que solo puede plantear el tema de la igualdad jurídica y no el de la igualdad social. Hacerlo hubiera implicado el fracaso de su proyecto de abolir la esclavitud. Su tiempo, su sociedad, no lo hubiera aceptado. Las respuestas a sus preguntas iniciales se deducen por sí mismas, a partir de su reflexión: que él no había elegido nacer, de hecho, no había nacido en un tiempo que pudiera comprender sus ideales. Su época había considerado aceptable la posesión de seres humanos por otros seres humanos. Spielberg había tratado el tema de la esclavitud en una película anterior, Amistad, de 1997. En un tramo del guión, también basado en hechos históricos, queda claro que el tema de la esclavitud  en Estados Unidos no se trató en principio de una cuestión social, específicamente, de segregación racial (un drama que se incrementa más tarde, cuando el negro es considerado el culpable de la gran conflagración), sino, principalmente, de una cuestión de leyes de propiedad. De hecho, se hace referencia también a la situación de que hacia 1939 siete de los nueve jueces de la Corte Suprema poseían esclavos.

  • La moral de la guerra. Si bien el problema de la guerra siempre conduce a un dilema moral, este argumento aparece principalmente, y casi únicamente, en boca de los personajes femeninos: la esposa de Lincoln, encarnada por Sally Field, o de su asistente negra, ya libre, las dos con fuertes convicciones sobre la inmoralidad de dejar morir a los jóvenes, a los hijos de la nación.

 En Lincoln ese dilema se diluye en su actitud paternalista hacia los soldados más pobres, sobre todo en su atención hacia los soldados negros; en cambio, nunca aparece en su discurso la afirmación de la inmoralidad intrínseca de la guerra. El principio de justicia ligado a la validez de la guerra se plantea a  partir de un argumento muy interesante: el principio de Euclides, es válido negociar por la palabra, entender la política como una negociación que implica la persuasión del adversario aun dentro del contexto de la guerra. En relación con este tema, cito una escena clave de Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola: aquella en la cual el capitán Willard, encarnado por Martin Sheen, es convocado por los servicios especiales para que se le encomendara una misión. (…) El general Corman, personaje a cargo de los Servicios, intenta explicar la ética que puede justificar el que un soldado se adentre en la selva vietnamita para rastrear a un superior, el Coronel Kurtz, desertor del ejército norteamericano, quien entonces, alucinado y destruido moralmente, comandaba una tribu de aldeanos, torturando nativos y conciudadanos por igual:

General Corman: Mire, Willard, las cosas están un tanto confusas en esta guerra. Poder, ideales, la vieja moralidad y la necesidad de las prácticas militares. Pero allí afuera, con los nativos, debe ser una tentación  ser Dios. Porque hay un conflicto en todo corazón humano, entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal. Y el bien no siempre triunfa. A veces, el lado oscuro se impone sobre lo que Lincoln solía llamar “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.

Coronel Lucas: Su misión es (….) terminar con el comando del Coronel

            Esta ética de la guerra se contrapone a otra: justamente, la del coronel  Kurtz. Cuando Marlon Brando, en la piel del coronel, hace su magnífica aparición con una luz amarilla que lo fragmenta, como a su propia psique, denota su locura pero también una extraña lucidez. Su rostro, siempre parcialmente a oscuras, se ilumina claramente en el momento en que el personaje se revela a su adversario: “– ¿Eres un asesino?– pregunta Kurtz. –Soy un soldado – responde Willard. Entonces Kurtz lo define: “–Ni lo uno ni lo otro: eres el chico de los mandados a quienes los del supermercado enviaron para cobrar una factura”.

            Ha descubierto que su adversario, Vietnam, sustenta una moral diferente de la suya, de la del americano y, en definitiva, de la de Occidente. Un  parlamento posterior refiere por contraste al diálogo que Willard mantuvo con sus superiores de los Servicios Secretos, las palabras del general Corman sobre la moralidad que debe controlar las acciones de guerra y la lucha entre el bien y el mal en el alma humana. (…) La locura necesaria para matar a conciencia no se puede asociar a conceptos tales como el bien o el mal. No se puede derrotar al enemigo con moral sino con la fría determinación de matar: al modo de Zaratustra nietzscheano, con su misma voluntad de rechazar toda conciencia moral ligada al principio de la compasión, de concebir toda bondad como sinónimo de flaqueza, Kurtz explica que “es el juicio el que nos derrota”.

Kurtz: He visto horrores que ustedes no podrían imaginar, pero no tienen derecho a llamarme asesino. Tienen derecho a matarme, pero no tienen derecho a juzgarme. Es imposible expresarse en palabras para aquellos que entendimos qué significa el horror. El horror… el horror tiene un rostro… El horror y el terror moral son tus amigos. Si no lo son, entonces se convierten en enemigos temibles. Tienes que tener hombres con moral, pero que al mismo tiempo sean capaces de utilizar sus instintos primitivos para matar sin sentimiento… sin pasión… sin juicio… ¡Sin juicio! Porque es el juicio el que nos derrota…

Willard ejecuta finalmente a Kurtz mientras en la aldea se celebra el sacrificio ritual de un cebú, el animal sagrado de Vietnam. En esta escena la banda sonora retoma la canción de The Doors que abría la película. Coppola concibe aquí un montaje inspirado en la teoría eisensteiniana: Willard se bautiza en barro y, con el torso desnudo y blandiendo un machete, se dirige hacia Kurtz que cae derribado por el filo; la escena se yuxtapone a otra en que los aldeanos celebran un ritual de sacrificio a sus dioses. Lance, el único sobreviviente de la comitiva, alucinado y mimetizado con los vietnamitas, se convierte en el sacerdote que consuma la matanza del cebú con un machete similar al que utiliza Willard. La noción del montaje de atracciones contribuye en este caso a inducir al espectador hacia una lectura que homologaría a Kurtz con el cebú y a Willard con Lance: Kurtz muere como víctima propiciatoria de toda una sociedad, en manos de un simple ejecutor enviado por los que deciden en nombre de una distorsionada concepción del bien común. La sociedad humana crea seres inteligentes, nobles, pero después los destruye, los conduce hacia acciones feroces en nombre de una moral utilitaria que solo rige el propio interés.  La misión entonces es eliminar al monstruo que la propia comunidad engendró. El volumen de La rama dorada[1] de James Frazer que la cámara muestra sobre la mesa de Kurtz describe rituales atroces en los que se inspira la alucinatoria escena del final; el humo de las fogatas, el barro que cubre los rostros como tierra degradada, la imponente luz amarilla significante del NAPALM contrastan con la oscuridad más barroca.

Los grandes planos generales en profundidad de campo dejan ver siluetas de hombres reducidos a fragmentos: una frente, la calva de Kurtz, el perfil torturado de Willard, el puño cerrado sobre la tierra. “El horror”, suspira Kurtz.  Hacia el final, todo rastro de civilización ha desaparecido y todos son arrastrados hacia la locura más primitiva, la paranoia, el mal ancestral del hombre en la jungla donde sí la justicia es la ley del más fuerte: ese es el corazón de las tinieblas. El ritual de sacrificio de los mejores, no en la ficción sino en la realidad histórica de un país que fue faro de la civilización occidental, se manifiesta en su expresión más primitiva: entonces eleva sus mejores hombres a sus dioses, asesina a Lincoln, a los Kennedy, a Luther King, para que hoy Barak Obama pueda ser presidente de los Estados Unidos.

 

[1] Frazer, James. La Rama Dorada. Magia y Religión. México-Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1965. 1º edición en inglés, 1890.

Una de Miedo

Por Aldana Chiodi

Cuando terminé de ver el documental Bowling for Columbine, del productor y director Michael Moore, sentí un gran escalofrío al percibir las similitudes entre su hipótesis sobre lo que ocurre en la sociedad estadounidense y lo que se percibe que sucede en nuestra sociedad, sobre la violencia, la pobreza y el miedo.

Michael Moore plantea que la sociedad estadounidense es más violenta y tiene gran cantidad de armas en su poder, porque tiene miedo y se siente insegura. Luego de comparar las características de los Estados Unidos con las de otros países desarrollados, como Canadá e Inglaterra, llega a al conclusión de que en todos los países se ven películas violentas, se usan jueguitos electrónicos con “tiros y patadas”, se escucha música “pesada” y los adolescentes viven alienados por el consumo y las modas. Por lo tanto, sostiene el autor, la diferencia es lo que los estadounidenses miran en los medios de comunicación, en especial, en la televisión y en los informativos.

Michael Moore plantea, al igual que autores como Vilches, el tema de la manipulación de la información y el uso-abuso de estereotipos. En este caso, la televisión manipula la información mostrando aquello que produce miedo e inseguridad en las personas. Esto es así, porque, al parecer, detrás de ese miedo se esconden negocios millonarios. Vilches, en su libro “La televisión: los efectos del bien y del mal”, plantea que este medio es capaz de determinar la percepción que tenemos de la realidad. Entre las referencias que hace, cita la investigación de Gerbner, quien plantea que el problema ante la violencia en la televisión no es que genere violencia en los espectadores, sino que produzca miedo al sentir que pueden ser víctimas de la violencia, sobre todo, por parte de determinados actores sociales que se muestran estereotipados. En el caso de los Estados Unidos, serían los negros y los latinos, que son vistos y percibidos por la población como inferiores, violentos y ladrones.

Además, en el documental se muestra que hay programas como Cups (policías), que se enmarcan dentro de los programas híbridos a los que hace referencia Ford, ya que se realiza un tratamiento humorístico de las cuestiones sociales graves. De este modo, se plantea lo que el autor llama una distancia emocional: “los problemas no me ocurren a mí, sino ‘al otro’, pero en ese ‘le pasa al otro’ también puedo sentir ‘me puede pasar a mí’. Por eso, el miedo y la inseguridad de la sociedad estadounidense.
En este programa, el director del documental, también muestra cómo se manipula la información y cómo se busca “al otro” culpable. En los Estados Unidos, casi todas las noticias en los informativos son sobre violencia, asesinatos, violaciones, delitos y asaltos y, casi siempre, el culpable es un negro o un latino, que, además, es pobre. De esta manera, se asocia la violencia a la pobreza y se genera miedo en la sociedad y un rechazo hacia el distinto.

Al hacer una simple comparación con la Argentina, podemos tomar el caso del programa Policías en acción. En este programa, además del formato híbrido al que se refiere Ford, se muestran todos episodios violentos que ocurren en el Gran Buenos Aires y son protagonizados por gente que, en general, es pobre y vive en las villas de emergencia. En nuestra sociedad también se rechaza y hay prejuicios sobre los pobres porque también se los asocia con la violencia. Estos programas no sólo hacen una discriminación encubierta, sino que también contribuyen a generar prejuicios y miedos, contribuyendo a formar estereotipos. Si a esto le sumamos que en los noticieros argentinos también se ven cada vez más historias violentas y la mayoría de las noticias giran en torno a la inseguridad, vamos en camino a parecernos cada vez más a la sociedad estadounidense. Lo que no implica buenos augurios.
Por último, podemos hacer una relación con lo que plantea Umberto Eco en su artículo “La transparencia perdida” (1983), ya que se observa una de las características de la neo televisión. La televisión que reemplaza, a partir de la década de 1970, a la paleo televisión, explota a fondo el masoquismo de los espectadores, porque el programa se mira, el programa atrapa y se permite caer en un doble juego. Por un lado, se plantea que lo que se muestra es la vida misma, es lo que pasa en la realidad y es lo “normal”, pero por el otro contribuye a generar miedos y prejuicios.

Ya que sabemos lo que pasa en otras sociedades, sería bueno poder prevenir las mismas consecuencias sobre la nuestra. Sólo es cuestión de que las instituciones funcionen, nada más y nada menos. Así no nos vemos obligados a ver una película de suspenso y miedo.