Umberto Eco: sobre “Una guerrilla semiológica”

A más de tres décadas de la publicación de su libro Apocalípticos e Integrados, Umberto Eco retoma el debate en torno a la influencia de los medios y sostiene su tesis ya célebre sobre la imposibilidad de controlar la opinión pública y el protagonismo de la recepción. Es el público quien re-construye los mensajes a partir de sus propios códigos que varían según los diversos contextos sociales y las variables psicológicas de cada individuo. La Nación Revista realizó una entrevista al semiólogo italiano en setiembre de 2004, en la que Eco analiza el fenómeno de la recepción de las noticias sobre el atentado del 11-M en España.
Es interesante observar cómo reformula conceptos de su artículo de 1967 “Para una guerrilla semiológica”, uno de sus ensayos más lúcidos sobre el problema de los medios y la cultura de masas…Una guerrilla entendida como llamado a la responsabilidad individual y comunitaria frente a los avances de la cultura de masas: propiciar el análisis, agudizar el sentido crítico para evitar la recepción pasiva, éste sería el principal desafío de la cultura mediática.


 Tema libre / Umberto Eco

 El público le hace mal a la televisión
 

Los mensajes que dispara la pantalla pueden ser desbaratados por los televidentes. En este texto, el semiólogo italiano analiza lo que ocurrió en España tras el atentado del 11-M, cuando la gente no creyó en la versión oficial del hecho y suscitó una crisis en el gobierno de Aznar

Me llama por teléfono de Madrid mi colega y amigo Jorge Lozano, que enseña semiótica y teoría de la comunicación en la Universidad Complutense. Me dice: “¿Te enteraste de lo que ocurrió aquí? Confirma todo eso que escribieron ustedes allá por la década del sesenta.

Estoy haciéndoles releer a mis estudiantes la comunicación que hiciste en Perugia, en 1965, junto con Paolo Fabbri, Pier Paolo Giglioli y otros, y tu intervención en Nueva York en 1957 sobre la guerrilla semiológica, más tu ensayo de 1973 ¿El público le hace mal a la televisión? Ya se había escrito todo”.

Produce placer ser declarado profeta, pero le hice observar a Lozano que entonces no estábamos haciendo profecías: simplemente sacábamos a la luz tendencias que ya existían.

“Está bien, está bien -me dice Jorge-, pero los únicos que no leyeron aquellas cosas son los propios políticos.”

Tal vez ése es el asunto. En los años sesenta y principios de los setenta se decía en diversos lugares que sin duda la televisión (y en general los medios de comunicación masivos) es un instrumento potentísimo, capaz de controlar aquello que entonces llamábamos el “mensaje”, y que al analizar ese mensaje era posible ejercer influencia sobre la opinión de los usuarios y hasta directamente moldear su conciencia.

Pero se observaba que aquello que el mensaje decía intencionalmente no era necesariamente lo mismo que leía el público. Los ejemplos más obvios eran que la imagen de un corral lleno de vacas es “leída” de manera diferente por un carnicero europeo que por un brahmán de la India, que la publicidad de un Jaguar despierta el deseo de un espectador adinerado y provoca frustración en un desheredado. En suma, un mensaje apunta a producir ciertos efectos, pero puede chocar contra situaciones locales, con distintas disposiciones psicológicas y deseos, y producir un efecto boomerang.

Eso es lo que sucedió en España. El mensaje del gobierno quería decir “crea en nosotros; el atentado ha sido obra de ETA”, pero -precisamente porque ese mensaje era tan insistente y perentorio- la mayor parte del público leyó “tengo miedo de decir que fue Al-Qaeda”.

Y en ese punto se introdujo el segundo fenómeno, que en su momento fue definido como “guerrilla semiológica”. Se explicaba así: si alguien tiene el control de la emisión, no puede ocupar la silla ante la cámara, pero idealmente puede ocupar la silla ante cada televisor.

En otras palabras, la guerrilla semiológica consistía en una serie de intervenciones y actuaciones producidas, no desde el sitio de partida del mensaje, sino en el lugar al que llega, induciendo a los usuarios a discutirlo, a criticarlo, a no recibirlo pasivamente.

En la década del sesenta, esta “guerrilla” se concebía de una manera aún arcaica, como una operación de “volanteo”, como la organización de “teleclubes” según el modelo de los cineclubes, como intervenciones relámpago en el bar donde la mayor parte de la gente todavía se reunía ante el único televisor del barrio.

Pero en España, lo que ha dado un tono y una eficacia muy diferentes a esa guerrilla es el hecho de que ahora vivimos en la época de Internet y de los teléfonos celulares. Así, la guerrilla no fue organizada por un grupo de elite, de activistas de cierta clase, de alguna “punta de diamante”, sino que se desarrolló espontáneamente, como una suerte de “tam-tam”, de transmisión boca a boca entre los ciudadanos.

Lo que puso en crisis al gobierno de Aznar, me dice Lozano, fue un torbellino, un flujo imparable de comunicaciones privadas que cobró dimensiones de fenómeno colectivo: la gente entró en movimiento; miraba la televisión y leía los diarios, pero al mismo tiempo cada uno se comunicaba con los demás y se preguntaba si lo que decían los medios era cierto. Además, Internet permitía la lectura de la prensa extranjera, y las noticias podían confrontarse y discutirse.

Con el correr de las horas, se formó una opinión pública que no pensaba ni decía aquello que la televisión quería hacerle pensar. Fue un fenómeno epocal -me repetía Lozano-: el público verdaderamente puede hacerle mal a la televisión. Y tal vez todos sentían, como un sobreentendido: “¡No pasarán!”

Cuando, hace algunas semanas, en un debate yo sugerí que si la televisión estaba controlada por un único patrón era posible hacer una campaña electoral con hombres-sándwich que recorrieran las calles contándole a la gente las cosas que la televisión no dice, en realidad no estaba enunciando una propuesta divertida.

Pensaba más bien en los infinitos canales alternativos que el mundo de la comunicación ha puesto a nuestra disposición: también se puede responder a una información controlada por medio de los mensajes de los teléfonos celulares, en vez de transmitir solamente “te amo”.

Ante el entusiasmo de mi amigo, respondí que tal vez entre nosotros los medios de comunicación alternativos no estén aún tan desarrollados, dado que se hace política (porque es política, y trágica) ocupando un estadio de fútbol e interrumpiendo un partido, y que los posibles autores de una guerrilla semiológica están más empeñados en hacerse mal mutuamente que en hacerle mal a la televisión. Pero la lección española nos da, sin embargo, mucho que pensar.

L’Espresso/The New York Times/LA NACION
 (Traducción: Mirta Rosenberg)
El autor, italiano, ha escrito numerosas obras de semiología. A partir de "El nombre de la rosa" incursionó con éxito en la novela .
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2 comentarios sobre “Umberto Eco: sobre “Una guerrilla semiológica””

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