La guerrilla hermenéutica: La interpretación más allá de la risa

por Carolina Nobile

“Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible”

Jorge Luis Borges

Hace casi setenta años (toda una eternidad, si lo medimos con la vara de la posmodernidad) un enfant terrible de apenas 23 años pasó “accidentalmente” a la historia de la Mass Communication Research aterrorizando a cientos de miles de personas al anunciar, en el marco de la dramatización radial de La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, una invasión marciana. La broma de Halloween de Orson Welles y su compañía de teatro Mercury Theatre disparó el estudio de los efectos sobre las audiencias en el campo de las comunicaciones de masas. La postura dominante suponía que los medios provocaban efectos concretos a corto plazo y que el emisor podía preverlos y controlarlos. Hoy, por el contrario, como dice Mauro Wolf en La Investigación de la Comunicación de Masas, “ya no estamos en el campo de los efectos intencionales, vinculados a un contexto comunicativo limitado en el tiempo y caracterizado por objetivos dirigidos a obtener dichos efectos”[1], sino que estos se perciben a largo plazo y en interacción con otras variables. Las nuevas corrientes restituyeron -parcialmente, ya que nada puede darse por sentado y definitivo en el estudio de las comunicaciones- la figura del individuo y las condiciones de recepción y decodificación de los mensajes (no en vano han pasado Barthes y Eco, entre muchos otros).

En este contexto, la acción de los medios tiende a pensarse enmarcada en el complejo proceso de construcción social de la realidad, un cúmulo de representaciones creadas colectivamente para dar sentido a las cosas que ocurren. La revolución de las comunicaciones y la globalización implican un nuevo orden de la información. Las home de los diarios digitales se actualizan cada minuto, la televisión por cable o satélite nos permite acceder las 24 horas del día a noticieros en francés, español, alemán, italiano, inglés. Una gran parte de la realidad llega a los individuos a través de los medios y no por experiencia directa con los hechos, de modo que la gran pregunta es: ¿en qué medida esta mediación entre sujetos y acontecimientos contribuye al proceso de construcción de la realidad? Los mass media, ¿imponen representaciones o las toman de la sociedad? ¿Muestran lo que ellos quieren que las personas vean o lo que las personas quieren ver? ¿No hacen más que reflejar a la sociedad, o imponen su ideología para hacer prevalecer intereses propios? Para Aníbal Ford los medios toman las cuestiones a las que hacen referencia de la sociedad y de los procesos históricos que la atraviesan en un momento dado. El análisis de los mass media en la actualidad debe pensarse en relación con los cambios que introduce la posmodernidad: el individualismo y la creciente importancia de lo privado frente a lo público, la ausencia del debate político y la creciente importancia de noticias de interés general en detrimento de informaciones más duras (economía, política, internacionales; la sección Sociedad de cualquier diario se reduce al resumen de los hechos sangrientos del día), tendencia a la hibridación en las ciencias, los géneros y los formatos (entre otras cosas), predominio de lo narrativo y de la opinión personal frente a lo argumentativo, etc. Ford también reflexiona sobre el tratamiento humorístico de temas trágicos o violentos en la programación televisiva. Siempre se ha hablado de muerte, hambrunas y catástrofes naturales en los medios, pero en la actualidad no sólo se da mayor espacio al tratamiento de estas cuestiones, sino que además ese tratamiento tiene una estética humorística: la distancia que posibilita el cinismo permite reírse del dolor humano sin involucrarse. Es el caso del programa sobre el que reflexiona este trabajo, Caiga Quien Caiga (CQC). Este “resumen de noticias” (como dice su presentador) tiene como clave de interpretación, como contrato de lectura, un humor cínico. Georges Perec escribió hace más de 40 años una novela titulada “Las Cosas. Una historia de los años 60”. Para el lector desprevenido, esta es una de esas historias en las que el narrador se lo pasa aparentemente departiendo sobre bueyes perdidos, no hay un hecho que justifique el relato; sin embargo, al llegar al final una cita de Marx propone una clave de lectura, provee un contexto dentro del cual pensar la novela. De la misma manera, como dice Verón en El Análisis del Contrato de Lectura, entre emisores y receptores (entre programas de televisión y audiencias, entre un diario y sus lectores) hay una serie de códigos compartidos y asumidos que ponen en relación “el discurso del soporte por una parte, y sus lectores, por la otra”.[2] Esto quiere decir que cuando una persona mira un noticiero espera encontrar información que haga referencia a la realidad, no una historia inventada y actuada; y si entre todos los noticieros elige mirar Crónica o CNN sabrá cuáles son los códigos de cada uno para hacer referencia a esos hechos reales. De la misma manera, quien mira CQC sabe que encontrará un recorte de la realidad en clave humorística, un buen trabajo de edición de los contenidos televisivos puestos al servicio de la risa y el entretenimiento. O infoentretenimiento, dirá Ford, una nueva modalidad de programación televisiva que resulta de la hibridación entre información y entretenimiento, y que toma datos trágicos para que las audiencias tengan algo que ver cuando llegan a casa después de un duro día de trabajo y quieren pasar el rato hasta la hora de dormir. En la posmodernidad, como dice Manuel Castells, “el entretenimiento es la supraideología de todo discurso en la televisión. No importa qué se represente o desde qué punto de vista, la presunción general es que está ahí para nuestra diversión y placer”[3]. En su trabajo La Marca de la Bestia Ford menciona los datos de la agenda global (alfabetización, índices de suicidio, mortandad infantil, problemas ambientales, etc.) como “materia de géneros > y de la publicidad de construcción de marca por impacto”[4]. En este sentido destaca el caso de Benetton, que toma estos datos para generar imágenes crudas que les permitan impactar con más fuerza: un enfermo de SIDA, un niño hambriento. Su argumento es que, a diferencia de la publicidad tradicional que inventa “una falsa realidad”, ellos ofrecen “imágenes que le hagan a la gente pensar y discutir”[5]. Pero Ford se pregunta si esas imágenes, por estar sujetas a una estrategia de consumo y de marketing, no pierden el efecto de reflexión y movilización que sugieren en Benetton, su capacidad política. El mismo razonamiento es el que intentamos transpolar al análisis de CQC; el programa no retoma los issues de la agenda global pero sí trabaja con lo que podríamos llamar los “índices de sufrimiento” según el termómetro de los argentinos[6], como la desconfianza en la política y las instituciones o la violencia en el fútbol, por ejemplo. En este sentido es válido preguntarse si ellos, que se muestran tan críticos de los valores de la política y la televisión, no responden a esa misma lógica, y al querer mostrarnos muchas cosas que están mal en clave de chiste no acaban por frustrar la reflexión “seria” o socialmente comprometida acerca de esos temas. Umberto Eco distingue dos etapas diferentes en la evolución de la televisión: paleotelevisión y neotelevisión. El período de la paleotelevisión se extiende desde la década del 50 hasta fines de los 70. Aquí las personas no están acostumbradas al lenguaje audiovisual y por eso el contrato de lectura es ingenuo (para ambas partes): se supone que la televisión debe mostrar la realidad. Se cuidan los detalles, que no aparezca el micrófono, un cable, los carteles que dan línea a los conductores, etc. Lo real es lo real, la separación con la ficción es tajante, y las personas exigen que esto se respete[7]. El traspaso a la neotelevisión coincide (nada es casual) con el comienzo de un nuevo período histórico. El mundo ya no es el mismo, la televisión no puede seguir mostrándolo de la misma manera. Entonces se torna autorreferencial, deja de ocultar el artificio que la hace posible. En plena expansión del individualismo, la televisión habla cada vez más de sí misma; la mirada del nuevo espectador se torna cínica, distante; hay un repliegue de los temas colectivos y el individuo de esta nueva era prefiere reírse a la distancia, sin involucrarse. Ficción y realidad conviven en los mismos formatos. En este nuevo contexto, Gustavo Orza redefine la clasificación de los géneros televisivos, y hablará de información, ficción e híbridos. Los informativos son aquellos que hacen referencia a hechos que se construyen por fuera de la producción del programa, en lo que podríamos llamar realidad histórica. Los ficcionales, por el contrario, tienen un campo de referencia interno: hay actores que interpretan roles y representan una historia que ha sido creada, imaginada, por alguien que se asume como su autor. Los híbridos también refieren de alguna manera a la realidad, “pero esa referencia se produce en la adaptación de los contenidos a parámetros propios de los discursos de ficción”[8]. Lo cierto es que la tendencia a la ficcionalización alcanza a la mayor parte de la programación televisiva; a pesar de tener un campo de referencia externo, los noticieros retoman incansablemente recursos de la ficción: musicalización, cámaras lentas, iluminación, etc. Frente a esta tendencia, las clasificaciones pueden resultar arbitrarias y no agotan los ejemplos, pero aún así la tipología que propone Orza funciona como marco de análisis para una nueva modalidad de la programación televisiva. En el caso de CQC, sin dudas nos encontramos en presencia de un híbrido. No sólo hay un tratamiento ficcional en todos sus segmentos, sino que cuenta con contenidos exclusivamente ficticios, v.g. las Cucarachas. Dentro de los híbridos Orza menciona una gran cantidad de subgéneros, entre ellos el de programa periodístico humorístico donde toma como ejemplo a CQC. Lo que puede verse en uno de sus programas evidencia el proceso de realización que describe Orza: cobertura de acontecimientos de actualidad, edición y editorialización para acentuar “los rasgos cómicos, divertidos, paródicos, irónicos, absurdos o contradictorios de los personajes o las instituciones involucradas en la misma”[9].

CQC se emite en vivo desde un estudio con formato periodístico. Los conductores siempre visten de traje y dirigen el programa -con sus papeles y su copa de agua- detrás de un enorme escritorio. A diferencia de los estudios donde se graban los noticieros, el del CQC tiene una enorme tribuna al frente que los aplaude y vitorea durante todo el programa. Está conducido por Mario Pergollini, Juan Di Natale y Eduardo de la Puente, pseudo rebeldes del periodismo argentino que manejan los códigos de una audiencia joven y ya no tan joven (los que eran jóvenes hace una década, en los comienzos del programa; es una característica de la posmodernidad esto de no poder definir con claridad cuáles son los límites de la juventud). Este manejo les asegura la complicidad para muchos de sus chistes, y además les permite adueñarse de la voz de los que están al otro lado de la pantalla. El programa trabaja sobre temáticas claramente delimitadas: política (al comienzo siempre hacen una parodia de la situación política destacada de la semana: ley antitabaco, disturbios en San Vicente, elecciones en Misiones; además cubren actos oficiales), farándula (el segmento de las cucarachas, el Top Five de la televisión, la cobertura de eventos sociales), deportes y el “Proteste Ya” de Daniel Malnatti. Una de las fórmulas más recurrentes del programa es la ridiculización de funcionarios públicos. A través de notas en vivo (sumamente editadas) o sketchs los muestran como corruptos e ignorantes, evasivos, que no responden nunca lo que se les pregunta, mentirosos, engañadores. Aquí proponemos varios ejemplos: · Parodian el despacho del Dr. Ginés González García, Ministro de Salud. Con música de los 80 de fondo, lo muestran enorme detrás de su escritorio (se ha criticado mucho que el Ministro de Salud sea obeso), fumando y tirando desodorante para que nadie lo descubra, chateando por MSN Messenger[10] (sutil: la cámara no capta la pantalla de la computadora, pero se escucha el ruido que hace este programa cuando un contacto le habla a otro; es necesaria la complicidad con la audiencia de la que habla Orza para entender el chiste), bebiendo del pico de una petaca y comiendo dos enormes sándwichs (todos los sonidos del acto de comer están editados). · “Proteste Ya”: este segmento del programa está a cargo de Daniel Malnatti. La producción elige un tema de preocupación ciudadana que esté en cierto modo fuera de la ley, investiga y Malnatti hace una suerte de denuncia pública bajo el lema de “proteste ya”, claramente buscando la complicidad de los ciudadanos en la protesta frente a un tema que los afecta. Durante algunos programas toma al diputado Ricardo Wilder, que en toda su gestión no presentó un solo proyecto de ley. Toda esta sección tiene el mismo formato que el resto del programa: imágenes superpuestas, sonidos, todo orquestado para provocar la risa. Ponen la foto de Wilder en su banca, y a cada lado superponen la imagen de un mono: uno tapándose los ojos, otro los oídos, parodiando la famosa imagen de los tres monos (el que representa Wilder sería, sarcásticamente, el que tiene la boca tapada). Después muestran un plano general del Congreso en sesión, y mientras se escucha la voz en off de Malnatti diciendo “dedíquese a crear leyes que nos beneficien a todos” se ve un globo de historieta con la frase “quién quiere pizza?” (sic.), y luego se ve una mayoría de funcionarios que levantan la mano. De ahí se pasa a un plano donde se ve al diputado Wilder sentado en su banca (las bancas a su alrededor están vacías), él está hablando por celular, se ríe, saluda a la cámara y colocan encima suyo un globo de historieta que dice “yo también!!” (sic.). A la vuelta, los comentarios cínicos de los presentadores. De la puente dice: “Está bueno que te paguen por presentar así… por año… no sé, declarar de interés mundial la fiesta de la papa en Pehuajó”. Di Natale: “Seguro hackearon la página [del Congreso, donde figuran los proyectos presentados por cada diputado] y borraron todas las leyes”. · Después de los incidentes durante el traslado de J. D. Perón a San Vicente, uno de los noteros del programa entrevista al Presidente Kirchner y a Solá, Gobernador de la Pcia. de Buenos Aires, y les pide explicaciones por los hechos. El segmento es presentado por Mario Pergollini como “gente que se hace la boluda”. Cuando el notero le pregunta a Solá quiénes fueron los responsables de los incidentes, se congela la imagen y aparecen dos carteles: uno dice “hacerse el gil” y otro “hacerse cargo”. Vuelve a correr la imagen, Solá comienza su respuesta, y queda en pantalla titilando el cartel que dice “hacerse el gil”. La nota dura pocos segundos, entre preguntas y respuestas hay muchísima edición, las declaraciones están recortadas y reensambladas. Sigue la nota con un discurso de Kirchner, filmado desde el pie del escenario, y en un momento el Presidente dice “ va a ganar el amor, va a ganar la fe en Dios”. De un discurso que posiblemente haya sido muy extenso, esto es lo que muestra CQC. La imagen se edita con flores y corazones, se escucha un piano romántico de fondo y el notero lo compara con el pastor Giménez. · Parodia del traslado de los restos de J. D. Perón a San Vicente: Pergollini llega al estudio de Telefé con “un fiambre” que es “el líder nato”. En el camino al camarín se van cruzando con distintos personajes: el de la corriente ortodoxa y el de la corriente renovadora, que se pelean para ver quién le pasa más cerca al cajón, un “pacifista” armado con una ametralladora, y finalmente un grupo de seguidores con bombo y pecheras amarillas (que remiten necesariamente a los movimientos piqueteros del país) que “por el chori y el tetra van a cualquier lado”. (“Qué semana tuvimos, nos vamos a morir o morir” dice Pergollini una vez en el estudio) · Para explicar los sucesos de San Vicente, pasan un video (armado por la producción) donde van mostrando imágenes de Perón, Duhalde, los incidentes el día del traslado, Quiroz, Llermanos, Cafiero, Moyano y Arslanián, entre otros. De fondo, la voz de Mario Pergollini hace el relato en off, y repite las declaraciones de cada personaje el día de los hechos pero le va dando el tono que él quiere: sarcástico. Es el personaje mudo del que habla Vilches en Manipulación de la Información Televisiva: la voz en off se apropia de su discurso y lo retransmite según su criterio.

· Método San Vicente de excusas infalibles: según la voz en off, útil a la hora de explicar esos “pequeños errores”. Mientras se escucha esa frase, aparece en pantalla la imagen de un avión impactando en una de las torres gemelas. Se parodia un atentado donde murieron casi 3.000 personas (cualquiera podría preguntarse fríamente: ¿cuál es la gracia?) y que disparó una serie de sucesos históricos sin mayor reflexión. El contraste entre lo que se escucha y lo que se ve tiene un efecto irónico, y como tal invita a la risa. Luego desfilan imágenes de distintos personajes de la política argentina y se ridiculizan sus declaraciones en el marco de un manual para explicar lo inexplicable: Cafiero diciendo, luego de los hechos de San Vicente “¿Acaso mató a alguien?”, en referencia a los disparos de Quiroz; Moyano declarando ser víctima de un complot; un sindicalista diciéndole a un periodista que le iba a negar todo porque era “un periodista trucho”; Llermanos, el abogado de Quiroz, sosteniendo que la única persona que intentó frenar la masacre es su cliente, que está preso, etc. Lo primero que llama la atención de estos segmentos es que ninguno es esencialmente gracioso, todos dependen de un trabajo de edición que se hace a posteriori. CQC tiene once años en el aire, y en sus orígenes se caracterizaba por ser un programa que cubría mayoritariamente actos oficiales y otros sucesos que involucraran funcionarios públicos. Lo divertido, en aquel entonces, era cómo los noteros preguntaban lo que ningún otro periodista se atrevía a preguntar, la irreverencia y la velocidad mental para tener siempre una respuesta justa, mordaz e inteligente, una acusación precisa. Lo que causaba gracia era ver cómo dejaban al entrevistado en evidencia en su ignorancia, en su mentira o en su engaño, lo cual era bastante grave tratándose de funcionarios públicos. El trabajo de edición funcionaba como refuerzo, por ejemplo en el caso de los rayos entre las miradas de entrevistado y entrevistador, que no eran el chiste en sí sino que reforzaban una pregunta o comentario filoso por parte de alguno.

Por el contrario, en la actualidad nos encontramos con un CQC descafeinado, donde las entrevistas no revelan nada, las preguntas parecen estar en función de los criterios de edición que se aplicarán luego a la nota, el chiste es la marcha peronista de fondo o el efecto de “tragar en seco” que se aplica a los entrevistados. Esto no quiere decir que la producción se haya vuelto estúpida o que los nuevos noteros no sean tan brillantes como los de las primeras temporadas, el cambio responde a una nueva dinámica en la televisión, a nuevas demandas y modalidades de recepción por parte de las audiencias. El tratamiento humorístico de temas serios es una expresión más de lo que Ford llama infoentretenimiento, y encierra un gran cinismo. Si bien plantean temas que preocupan a las personas, el formato cómico permite tomar distancia para poder reírse. Este autor refiere algunos casos en los que sociedades ricas se burlan de sociedades pobres, o las mayorías de las minorías; en este caso es una sociedad que consume una imagen ridiculizada de sí misma, por eso él lo llama “autoflagelación”[11]. A través de programas como CQC la sociedad argentina se ríe de sus instituciones, de sus representantes, de sus propias costumbres y creencias, y construye representaciones alrededor de todos estos conceptos. Con esto no queremos decir que la sociedad argentina cree que sus políticos son corruptos porque lo dice CQC; no está demostrado todavía que ningún programa de televisión tenga un impacto unilaterial. Dice Ford: “no son la TV ni el cine las causas primeras de esta cruel y despiadada aldea global en la que hoy habitamos, lo cual no indica que no contribuyan a darle forma a través de los sistemas de mediaciones que utilizan al elaborar o informar sobre la violencia”[12]. Aquí el autor se refiere concretamente a la discusión sobre si los mass media fomentan la violencia al mostrar (en ficción y en información) hechos violentos, pero el mismo análisis puede hacerse sobre este tipo de efectos en general en cuanto a la construcción de realidad.

Lo cierto es que, junto con otras variables que comprenden la educación, la opinión pública y las experiencias cotidianas de las personas, la televisión contribuye a la construcción de imaginarios. Su intervención casi siempre funciona forzando estereotipos a través de “estructuraciones perversas de sentido”[13] y clichés donde fijan la representación “obligada” sobre determinado tema. En este punto cabe preguntarse dos cosas. Por un lado, como sugiere Ford en el caso de Benetton, si este tratamiento en clave perversa o irónica puesto al servicio del infoentretenimiento no anula la capacidad de las audiencias de reflexionar en torno a estos temas. La otra pregunta es qué pasa con la interpretación. El uso de estereotipos, de lugares comunes del imaginario, ¿no condiciona la interpretación? ¿No sucede que, en realidad, no hay nada que decodificar porque el estereotipo nos viene ya interpretado?

Vilches sostiene en Sobre la Televisión que el uso de clichés no ofrece nada a la interpretación, los estereotipos ya están interpretados de antemano: “son ideas que todo el mundo ha recibido, porque flotan en el ambiente, banales, convencionales, corrientes; por eso, el problema de la recepción no se plantea: no pueden recibirse porque ya han sido recibidas”. Hay una fantasía de comunicación. La interpretación y la lucha por el sentido comprometen las identidades de una sociedad, el lenguaje atraviesa la experiencia de los sujetos y los constituye como tales. Resignar esta instancia equivale a negarse a intervenir en el proceso en que las sociedades construyen sentido. En última instancia, es negarse a ser crítico y construir una alternativa, a hacer la guerrilla semiológica que propone Umberto Eco. Visto así ya no resulta tan inocente ni tan casual el uso de estereotipos; la interpretación es una de las claves que permiten totalizar y destotalizar imaginarios: “lo que Ricoeur ha llamado el > es un componente constitutivo del combate ideológico desarrollado alrededor de lo que Gramsci denomina el > de una formación social, combate esencial para la construcción de la hegemonía, de un consenso legitimador para una determinada forma de dominación social”[14]. No interpretar es, para estos autores, aceptar el statu quo, dar consenso al orden dentro del cual estamos insertos. Y quizás sea esto mismo, junto con el tratamiento cínico que permite reírse a la distancia, lo que anula el carácter movilizador, la crítica social: si no existe la necesidad de interpretar no se invita a la reflexión, la programación y los estereotipos que ofrece la televisión se consumen en el sentido más estricto de la palabra.

Además del tratamiento humorístico de temas de política, CQC tiene segmentos absolutamente autorreferenciales, última moda en la pantalla chica: la televisión hablando de la televisión. El Top Five consiste en cinco fragmentos donde se muestra a algún personaje del medio diciendo o haciendo algo brutal o gracioso. Las placas más bizarras de Crónica, furcios, comentarios y declaraciones poco felices de famosos y anónimos, etc. Las Cucarachas es un segmento de animación, donde dos insectos se dedican a destrozar personajes de la farándula. Acá la cristalización de estereotipos es clarísima: casi siempre se ensañan con la vedette o modelo de turno y suelen acusarla de prostituta, tonta o amante del dinero por sobre todas las cosas (si es rubia, peor). También toman a periodistas y gente del circuito de la televisión, y los muestran como mezquinos o ignorantes. La cobertura de eventos sociales (una cena a beneficio de Fundaleu, la entrega de los Martín Fierro del cable) es el segmento más light del programa. Entrevistan a distintos famosos, las notas duran apenas segundos y todo está “pegado y cortado”. No se habla de nada, el chiste gira en torno al trabajo de edición: un marco alrededor de las caderas de Natalia Oreiro, la nariz roja a una señora cualquiera con una copa de champagne en la mano, preguntas capciosas a una mujer que se parece a Martha Holgado. El trabajo de edición se usa para poner en ridículo a estos personajes y es lo que hace divertidas las situaciones, por eso CQC es un híbrido: el tratamiento ficcional es el chiste, toman la realidad y la fuerzan para lograr la tónica humorística. El tema de la autorreferencialidad tiene que ver con lo que postula Ford acerca de los rasgos de la nueva sociedad posmoderna. El individualismo es un fruto de nuestra época, las personas no tienen interés en los temas colectivos. Están vueltos a su drama personal, o, lo que es peor, al drama personal ajeno (eso explica el éxito de programas como Gran Hermano o Balando por un Sueño); lo que pasa afuera, en el mundo, no los toca. Por eso la televisión deja de referir a los hechos que ocurren en la realidad histórica para hablar de sí misma.

La noche del 31 de Octubre de 1938 Orson Welles tomó un hecho ficcional y le dio un formato que hasta entonces estaba reservado exclusivamente a la realidad: hizo un guión radiofónico para interpretar La Guerra de los Mundos, una novela de ciencia ficción de su casi homónimo H. G. Wells, y lo transmitió como si fueran flashes informativos y móviles en vivo desde el lugar donde había aterrizado una nave marciana. Hoy la televisión hace el camino inverso: toma hechos reales y les da un tratamiento ficcional, espectacular. El contrato de lectura se invirtió: las personas no toman todo lo que dicen los medios al pie de la letra, es cierto, pero por otra parte tampoco están muy preocupados por el criterio de verdad. No hay tanto interés por lo que está pasando en el mundo, basta con divertirse un rato. La mirada es ciento por ciento cínica; la distancia permite la risa, divertirse con hechos que nos afectan en la realidad afuera de la pantalla. CQC trabaja con ciertos lugares comunes del imaginario social, y los alimenta. Construye una mirada estereotipada sobre los políticos, los sindicalistas, los piqueteros, las vedettes o los mismos periodistas y personajes de la televisión, y aunque un análisis ingenuo podría sugerir que al mostrar hechos críticos invitan a la reflexión y movilización, lo cierto es que la estética paródica anula este efecto. Al final del día, el humor ácido no moviliza a las personas a reflexionar o generar ningún cambio.

Es necesario aclarar en este punto cómo se inserta el segmento de Daniel Malnatti, “Proteste Ya”. Creemos que él intenta una especie de periodismo de intervención al estilo de Michael Moore[15], ya que produce acciones con el objetivo de obrar una transformación a nivel social. Pero el contrato de lectura con la audiencia, la tónica del grotesco y el humor lo ponen a la altura del resto de los contenidos del programa; de hecho, al presentar una investigación hecha para este segmento sobre la transgresión de los horarios de descanso de los conductores de líneas de micros de larga distancia, Pergollini aclara que “todo lo que van a ver es verdad”, en un intento por que no sea interpretado en clave de chiste. Pero el trabajo de edición a lo largo de la nota fuerza una vez más la risa, y confunde el mensaje: es igual al resto del programa. Es el uso de este material como infoentretenimiento el que anula el efecto social de estas investigaciones que tratan sobre temas serios. Esto de ninguna manera quiere decir que no es válido que la televisión, en este caso CQC, intente llevar una discusión pública en reemplazo del Estado que cada vez tiene menos poder para instalar estos temas en la opinión pública. Lo que está en entredicho es la capacidad de la audiencia del programa para decodificar los issues tratados en cada emisión en clave de problemática política o social, cuando el mismo contrato de lectura propone una lectura humorística, paródica. Para Ford, esto “debe ser discutido en conjunto con las diversas degradaciones de los discursos políticos e informativos. La parodia/crítica política existió siempre, en los medios y en la calle, pero no hegemonizando los discursos de este campo”[16]. La discusión sobre temas de interés social circula, cada vez más, en clave de infoentretenimiento, así llega a construir imaginarios.

Queda, por último, la cuestión de la realidad. En una de sus editoriales para el diario La Nación del año 2005 Jorge Elías dice que para Saddam Hussein, encerrado en una prisión de máxima seguridad norteamericana, Bush perdió las elecciones y la guerra en Irak terminó. Eso es lo que le dijo su carcelero, y a falta de mejores pruebas, esa es la realidad para él. “Entre ellos, aislados del mundo, la mentira es la verdad y la verdad es la realidad. La única versión disponible de la realidad”[17]. Del mismo modo, el periodista se pregunta por la forma en que las sociedades construyen los conceptos, los imaginarios con los que llenan las palabras, y la intervención de los medios en este proceso. Siguiendo el criterio de la BBC, “los terroristas son bombers, los irlandeses del IRA y los vascos de ETA son criminales, los palestinos son militantes, los chechenos son guerrilleros, los occidentales son víctimas y los iraquíes son bajas”[18]. Las diferencias son sutiles para el oído distraído, pero entraña profundas diferencias en la forma de comprender el mundo y los hechos que lo sacuden. No se trata de decir si los mass media son buenos o malos, si Pergolini es perverso por divertirnos con cuestiones serias o si Di Natale es un cínico porque se esfuerza para no reírse cuando hace los mejores chistes del programa. Es interesante plantear la cuestión de la interpretación, en un contexto en el que los individuos están cada vez más expuestos a una multiplicidad de mensajes que afectan la concepción que tienen de sí mismos y de la sociedad en la que interactúan. Los medios no tienen el poder de imponer representaciones y realidades, a menos que las perezosas audiencias les cedan esa responsabilidad. No está mal reírse de las notas de CQC, siempre y cuando no se olvide que “la interpretación puede ser una herramienta de crítica, de > de las estructuras materiales y simbólicas de una sociedad, en polémica con otras interpretaciones que buscan consolidarlas en su inercia”[19]. El debate está abierto. No cambie de canal.

Bibliografía

Eco, Umberto. La Estrategia de la Ilusión. Buenos Aires: Lumen, 1993.

Ford, Aníbal. La Marca de la Bestia. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma, 2002.

Grüner, Eduardo. “Foucault: una política de la interpretación”. En: Foucault, Michel. Nietzsche, Freud y Marx. Argentina: [s.n.].

Orza, Gustavo. Programación televisiva. [s.l.]: La Crujía.

Verón, Eliseo. Les Medias: Experiences, recherches actuelles, aplications. París: IREP, 1985.

Vilches, Lorenzo. La Manipulación de la Información Televisiva. Barcelona: Paidós, 1989.

Wolf, Mauro. La Investigación de la Comunicación de Masas. Barcelona, España: Instrumentos Paidós, 1991.

——————————————————————————–

[1] Wolf, Mauro. La Investigación de la Comunicación de Masas. Barcelona, España: Instrumentos Paidós, 1991. Pág. 162.

[2] Verón, Eliseo. Les Medias: Experiences, recherches actuelles, aplications. París: IREP, 1985.

[3] http://www.cholonautas.edu.pe. Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales.

[4] Ford, Aníbal. La Marca de la Bestia. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma, 2002. Pág. 26

[5] Ibíd. Pág. 39

[6] Pero no del argentino que cosecha algodón en el Chaco, ni del que vive en una villa del conurbano abrumado por las urgencias, sino del típico argentino de clase media que vive en las principales ciudades del país.

[7] Por ejemplo en el caso de los concursos televisivos que hicieron furor en la década del 60, donde la sospecha de fraude implicaba una enorme decepción y un pedido de sanción por parte de la audiencia.

[8] Orza, Gustavo. Programación televisiva. [s.l.]: La Crujía. Pág. 142.

[9] Ibíd., Pág. 187.

[10] MSN Messenger es un programa de mensajería instantánea que permite a los usuarios tener conversaciones a través de la red (chatear) e intercambiar datos en tiempo real con personas en cualquier parte del mundo.

[11] Ford, Op. Cit., Pág. 41.

[12] Ibíd. Pp. 47-48.

[13] Ibíd. Pág. 37.

[14] Grüner, Eduardo. “Foucault: una política de la interpretación”. En: Foucault, Michel. Nietzsche, Freud y Marx. Argentina: [s.n.].

[15] Director de controvertidos documentales sobre la sociedad norteamericana, como Bowling for Colmbine y Fahrenheit 9/11.

[16] Ford, Op. Cit. Pág. 41.

[17] Elías, Jorge. Lo peor es enemigo de lo malo. La Nación, 7 de Agosto de 2005.

[18] Ibíd.

[19] Grüner, Op. Cit. Pág. 12.

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2 thoughts on “La guerrilla hermenéutica: La interpretación más allá de la risa”

  1. Me pareció una postura sumamente interesante la definida en el artículo. Estimo que sería de lo más enriquecedor ensayar un Análisis del Discurso Orientado al Texto según los lineamientos de Fairclough para evaluar, al menos tentativamente, si los segmentos que dan cohesión a CQC son efectivamente la repetición de una clave que el televidente espera e impone, o la emisión regulada de un discurso multimodal tan orquestado desde el orden hegemónico como las editoriales de C5N.

    Felicitaciones y éxitos.

  2. Para quien empieza a barruntar posibles cuestiones que desarrollar en su tesis de grado esta recomendación es una perlita. Gracias Hernán.

    Saludos por Puan y éxitos en la temporada de exámenes.

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