Los nombres del padre: una reflexión sobre la muerte de Néstor Kirchner

Por Mariel Ortolano

La muerte de Kirchner parece reavivar en el imaginario argentino los mitos y los símbolos que la historia nacional ha reiterado en varias ocasiones. El estupor, el desconcierto y la tendencia a la exteriorización luctuosa, teatral, casi mística en cuanto a la fusión de los individuos en una gran masa que llora como hijos al padre perdido. Al mismo tiempo, el disenso, la lucha fratricida y la culpas que se transfieren al otro (por dentro o por fuera del grupo) se manifiesta como escenario inmediatamente posterior y como parte del duelo colectivo (Cobos indudablemente, es la figura en quien se fantasea la amenaza que s ecierne sobre la viuda del líder). Sabemos los argentinos qué tremendas consecuencias tuvo la mítica muerte de Perón seguida de la lucha entre los diferentes grupos que integraban el movimiento , una lucha que derivó en siniestras plasmaciones del imaginario nacional relativo a la muerte (la desaparición, el robo o la amputación de cadáveres y, como contracara, los altares populares, la velas ofrendadas a la santa, al mártir, a los padres de la nación; lo indecible y misterioso de la muerte que produce horror y respeto contrasta con la familiaridad con que el pueblo mexicano, por ejemplo, convive con la muerte, con sus esqueletos de azúcar en las festividades públicas)

Reproducimos un trabajo elaborado hace algunos años en base a los conceptos del psicoanalista francés Didier Anzieu, quien desde una perspectiva lacaniana abordó el estudio de la dinámica de los grupos humanos en torno a ciertas metáforas básicas, aquellas que nuclean a los individuos en torno a la imago de la madre dadora-devoradora o a la fantasía (fantasma) de la muerte del padre. Creo que estos conceptos podrían iluminar algunos hechos, ciertos dichos y frases de estos días que nos muestran cómo la sociedad argentina construye el sentido de la relación con sus líderes. Un caso reciente y significativo lo representó la reivindicación (tras largos años del olvido) de la figura de Raúl Alfonsín, indudable disparador de la carrera política de su hijo Ricardo. Como éste último reconoció en los medios en los últimos días, la causa más directa de su inserción en el imaginario de la gente se debe fundamentalmente a la transferencia en el hijo de la devoción profesada al padre, quien en la muerte obtiene la comprensión que no había obtenido en los momentos difíciles del fracaso económico de su proyecto.

Es un tema para pensar y quizás, podrá motivar futuros trabajos para nuestra materia.

La fantasía de la muerte del padre

El Complejo de Edipo es una estructura que Freud postula ya en La interpretación de los sueños (1900) para explicar los procesos psíquicos y neuróticos de los sujetos. En Tótem y tabú (1914) replantea el mito no sólo como organizador de la vida inconciente sino también como organizador de la vida cultural de la historia del hombre. Anzieu resume el mito postulado por Freud para explicar el porqué de la preocupación constante de los grupos y las colectividades por expulsar la heterogeneidad de su interior, vivida como una amenaza a su cohesión:

originalmente habría existido la horda primitiva, gobernada por un Viejo tirano brutal, que reservaba para él la posesión de las hembras y que expulsaba a sus hijos en edad de convertirse en rivales. Los hermanos se unen para dar muerte al Padre y a celebrar un ritual en el que se reparten su cuerpo. Esta comunión totémica realiza la comunión con el padre muerto temido y admirado, que se convierte en ley simbólica. Esta identificación y este acceso a la ley fundan la sociedad como tal, con su moral, sus instituciones y su cultura. Los dos primeros tabúes: no matar al tótem (sustituto del padre) y no casarse con los padres (tabú del incesto) constituyen la transposición social del complejo de Edipo. (…) La prohibición del incesto es la ley que, reglamentando las relaciones entre los sexos y las generaciones, constituye las bases de la vida social. La muerte colectiva del padre,
supuestamente real en su origen y simbólica después, hace posible en la comunidad la idealización del desaparecido, amado y odiado y la interiorización de su imagen, que se convierte en la base de lo que Freud llamará años más tarde, el Superyó (….) La ley común comienza con la prohibición de matar al semejante.23

Esta fantasía se instala cuando el grupo se configuró en torno a la imago paterna. Los miembros del grupo depositan en un líder con fuertes connotaciones paternas la posibilidad de la realización de su deseo de completud. Esta proyección se realiza sobre sujetos que encarnan el ideal de los otros desde la idolatría, ya que la imagen que han proyectado de sí mismos y que los demás han aceptado, es la de quienes no sólo son fundadores (de movimientos políticos, empresas, sociedades, familias) sino que también son los responsables de conducir al grupo a la victoria (el reconocimiento social, el éxito económico, el crecimiento). Cuando ese líder muere o se retira, el grupo no sabe cómo reemplazarlo, ya que el grupo, que depositó en él la imagen de la completud, se siente desamparado. Es el caso de los partidos políticos que se desmembran cuando el líder muere.
Esta fantasía se configura cuando la figura del líder muerto o retirado no se ha desgastado y desaparece en el punto más alto de la estimación del grupo. Hay líderes, en cambio, a los que el mismo grupo se encarga de derrocar porque defrauda la fantasía que se había depositado en él; bien puede suceder, entonces, que ese mismo líder pase a ocupar el lugar del chivo expiatorio.
También puede darse la democratización del grupo, en el caso de que los miembros del grupo puedan resolver el conflicto edípico planteado por Freud en Tótem y Tabú como metaorganizador de la vida social:

La muerte del padre fundador es un trabajo psíquico interno que todo grupo tiene que efectuar en el plano simbólico (y algunas veces en el plano real), para acceder a su propio poder soberano38.

Esta democratización podría darse en la medida en que los integrantes del grupo pudiesen aceptar la muerte del padre, en términos del simbolismo edípico, esto es, renunciar a poseer cada uno el poder (la imagen de completud) que el padre detentaba. Podrán respetar entonces una prohición postedípica fundamental: la prohibición de las luchas fratricidas , es decir, cada uno deberá hacerse cargo de su propia parcela de la vida inconciente grupal sin avanzar sobre la de los demás. De ese modo será posible la solidaridad, el reparto de los roles y el establecimiento de normas de convivencia y de objetivos comunes.

Bibliografía

-Anzieu, D. El grupo y el Inconciente. Madrid, Biblioteca Nueva, 1986.
-Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis. Diccionario de Psicoanálisis . Avellaneda, -Paidós, 1998
-Freud, Sigmund, “Introducción del narcisismo”, en Obras completas, volumen XIV, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1979, página 82.
-Romero, Roberto y Susana Sauane. Grupo, objeto y teoría. Vol.III. Cap.XI. “Perspectiva psicoanalítica de la cohesión: ilusión grupal y resonancia fantasmática de imagos y escenas de orígenes”.

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