Fort, o el nuevo Frankenstein

por Maxi Legnani

La televisión menos decente suele crear, para su subsistencia, personajes nefastos de lucimiento fugaz, que sólo sirven para mantener la dominación intelectual de los espectadores. A fines de 2009, Marcelo Tinelli y Jorge Rial, los más talentosos destructores de la cultura argentina, hicieron aparecer a su nueva criatura: Ricardo Fort.
Este fenómeno de los medios de comunicación, una especie de Frankenstein, tiene mayor exposición en la pantalla chica que actores de la talla de Antonio Gasalla, por ejemplo. Se trata de una versión corrompida de Willy Wonka, el dulce dueño de la fábrica de chocolates creado por Roald Dahl. Carece Fort de las virtudes de Wonka, y se jacta de las características más decadentes del paradigma hegemónico, que centra la vida en las virtudes físicas y económicas.
A pesar de que el rating se mide en Argentina de un modo impreciso, Fort es una figurita que pasa de programa en programa. Incluso tiene un nauseabundo reality show que sigue su vida, emitido por América. En ese ciclo, las prostitutas, el permanente derroche de dinero, la plasticidad de la existencia y las banalidades constantes protagonizan una sucesión de imágenes que ratifican el carácter cultural de la crisis argentina.
Es conveniente tener en cuenta que la televisión conserva el poder de legitimar aquello que muestra. En este caso, con Fort se legitiman el culto al cuerpo, el uso y el abuso del Yo, la soberbia, el exitismo, la banalidad, la transformación de sus mujeres en objetos, y –por sobre todas las cosas- la riqueza. Es cierto que poco se puede esperar de los medios de comunicación, empresas privadas que, en mayor o menor medida, comulgan con los ideales fortianos. Es decir, sería ingenuo tener esperanzas de que no coloquen a Fort en un pedestal.
Sin embargo, resulta irónico que el homenaje a las cuentas millonarias llegue a los sectores más oprimidos, cuyas necesidades no son satisfechas mientras los chocolates se venden. Es en los sectores más bajos (y en la clase media) donde todos saben muy bien quién es Ricardo Fort, y donde cantan la canción que lo representa.
El negocio multimillonario televisivo se desvive por mantener sus ganancias y en ese afán crea (como si fuera su única posibilidad de ganar dinero) cierto tipo de monstruos. El público, responsabilizado de elegir estos contenidos, en realidad no tiene ningún tipo de control de la situación: su única alternativa es cambiar de canal. Pero muchos no lo hacen, sea porque el multimillonario les divierte, les interesa o les da bronca.
Quienes manejan la televisión deben plantearse la posibilidad de ofrecer entretenimiento noble y digno: los televidentes merecen esa opción. La posibilidad de contar con programas morales y populares es una obligación de las emisoras privadas, aunque éstas la ignoran sin sentimiento de culpa.
Cuando Fort (tarde o temprano) haya desaparecido de las imágenes chillonas de la caja boba, el paradigma que encarna habrá influenciado –en mayor o menor medida- a adultos y niños. Este catastrófico emblema hasta puede haberse naturalizado en cierta gente. Y esto no es un chiste. Bajo ningún concepto lo es. No, señor. Sería algo así como la más pesada de las joditas para Tinelli.

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Un comentario sobre “Fort, o el nuevo Frankenstein”

  1. No deja de ser algo inquietante el hecho de que la masa humana que constantemente pisotean las televisoras privadas, sea la que las sostiene. Con las audiencias conformadas por tanta gente que generalmente es vilipendiada, es con lo que se pagan sus ganancias los mercaderes de la imagen y el ruido. La gente más embrutecida, constantemente tratada como rebaño de imbéciles por estos medios, justamente hace que tales medios existan y ganan cantidades exhorbitantes vendiendo productos. El supermercado televisivo ofrece a sus clientes la posibilidad de llenar el aparador visual para que las multitudes ávidas de adquirirlos vacíen los escaparates. Luego estos mismos compradores o consumidores compulsivos son tartados por los medios con todo el desprecio posible. He aquí una de las paradojas de la época de la mediocracia

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