Industrias Culturales, hoy como ayer

Por Maximiliano Legnani

La lógica de la dominación, el mecanismo de la homogeneización de hombres y cosas, la realización del proyecto iluminista-burgués, supone el vaciamiento de la subjetividad sobre la que se montó ese proyecto, su sujeción a las estructuras de una sociedad atravesada íntegramente por la racionalización y la despersonalización.
Ricardo Forster

Evidentemente, este sistema condiciona totalmente la forma y el papel del proceso de fruición y la calidad del consumo, así como la autonomía del consumidor.
Mauro Wolf

La clave es que la gente aumente su autoestima y su capacidad crítica. (…) Esto es lo importante: que el espectador no sea decidido por el medio, sino que él decida qué es lo que quiere ver.
José Pablo Feinmann

Introducción
En este trabajo monográfico, que ocupa el lugar de segundo examen parcial de la materia Semiótica de los Medios Contemporáneos, nuestro objetivo es –básicamente- reflejar algunas cuestiones relacionadas a las Industrias Culturales en los medios de comunicación. Para ello partiremos del texto original que Théodor Adorno y Max Horkheimer, miembros de la denominada Escuela de Frankfurt, concibieron para dar origen al concepto mencionado.
Para complementarlo, incluiremos los aportes que Alicia Entel, Ricardo Forster y Mauro Wolf hacen al respecto. Y, por otra parte, tomaremos declaraciones de un reportaje al filósofo y escritor José Pablo Feinmann, que habló de la televisión argentina desde las estructuras frankfurteanas.
Procuraremos esclarecer situaciones que pueden encontrarse en la programación diaria de la pantalla chica, teniendo en cuenta que se trata del medio de comunicación que “mayor llegada tiene a la sociedad”.
Para desarrollar este recorrido, partiremos de una breve reseña de la Escuela de Frankfurt, citaremos las definiciones de Industria Cultural y sus consecuencias según la Teoría Crítica, para luego ofrecer algunas declaraciones del conductor de Filosofía aquí y ahora, por Canal Encuentro, que traspone cierta visión frankfurteana en la actualidad nacional.
Finalmente, se aclara que este trabajo no logrará superar un esbozo del pensamiento que lo sostiene, si bien procura alcanzar el mayor desarrollo posible.

Desarrollo
La Escuela de Frankfurt
En la primera postguerra, surgió en Alemania un grupo de pensadores que plantearon diversas teorías bajo el nombre de Escuela de Frankfurt. Influenciados por las teorías de Freud y Marx , sostuvieron una postura racional como oposición a la irracionalidad que observaban en la sociedad alemana de aquellos tiempos, cuando se gestaba el Nacional Socialismo.
Este espacio de pensamiento reunió a un considerable grupo de filósofos, escritores y pensadores cuyo auge se registró especialmente de 1924 a 1932. Théodor Adorno y Max Horkheimer , dos referentes frankfurteanos, escribieron la mayoría de sus obras en conjunto. Una de ellas, Dialéctica del Iluminismo , presenta un estudio que forma parte de la llamada Teoría Crítica. En este trabajo, definen y analizan el Iluminismo -por entonces hegemónico en el pensamiento europeo-, y plantean uno de sus conceptos centrales: la Industria Cultural.

La Industria Cultural
En primer término, los frankfurteanos hacen una diferenciación terminológica: conciben a la “cultura popular” como aquella propia de un grupo social, surgida naturalmente del mismo. Para trabajar con mayor claridad, prefieren utilizar el concepto “Industria cultural” en vez de “cultura de masas”.
La Industria Cultural es definida como la degradación, la transformación de la cultura en su contrario. Ello es obra del poder hegemónico que tiene los medios de comunicación en su poder, y aprovecha esa ventaja para manipular a los sujetos que reciben los mensajes a través de la radio o las imágenes emitidas por la televisión, un nuevo medio por aquel entonces.
Se concebía a la cultura como una mercancía producto de la estandarización de los gustos generales, la permanente presencia de estereotipos, la superficialidad o las banalidades, y el entretenimiento, que sirve básicamente como una herramienta que distrae la atención social de las problemáticas que necesitan soluciones.
La Industria Cultural se caracteriza por tener una estructura que apela a las pulsiones más primitivas del hombre: la violencia y el sexismo. Causalmente, citando un ejemplo que encontramos en la actualidad, una considerable cantidad de films filmados en Hollywood se caracterizan por basarse en esos ejes.
La feroz consecuencia es que se termina sujetando a los individuos, que pierden su capacidad crítica de pensamiento y –tarde o temprano- ceden ante el sistema cuyo fin es mantener sin cuestionamientos al sistema hegemónico. Como si ello no fuera suficiente, la estandarización de los contenidos genera mediocridad que se acepta y se toma como natural en la sociedad, que no percibe la peligrosidad de la Industria Cultural como mecanismo de control.
Esta pseudo-cultura transforma a los individuos en necios y antiéticos que pierden la preciosa subjetividad y su capacidad de cuestionar y de pensar por sí mismos la realidad.

Otras miradas
En un reportaje emitido el 8 de Febrero pasado por Radio Rivadavia, el filósofo y escritor José Pablo Feinmann , a partir de su programa Filosofía aquí y ahora, reflexionó sobre la televisión. “Hay una tesis en la televisión demasiado impuesta y demasiado cómoda, que es creer que el receptor no tiene la capacidad suficiente más que para recibir obviedades, tonterías u obscenidades que se le ofrecen”, señaló Feinmann. “Yo creo lo contrario: (…) todos tienen capacidad para pensar, para recibir ideas, para elaborarlas y después volcarlas a la hora de pensar”.
A partir de bases frankfurteanas, se hizo referencia a los contenidos actuales de la televisión argentina desde la cual, según el columnista de Página/12, “se intenta que la gente no piense, no tome conciencia de nada y se la ‘atonta’ con contenidos brutales, de una vulgaridad total, de modo que la persona mire, tolere y acepte todo y así sea manipulable”. En su ensayo sobre la Industria Cultural, Adorno y Horkheimer indican que para todos los consumidores hay algo previsto, a fin de que nadie pueda escapar; por lo tanto, la industria cultural trabaja como un filtro que determina lo válido y desecha lo que no colabora a mantener controlada a la sociedad.
Ricardo Forster , en Tradición y Escuela de Frankfurt, traspone las observaciones previas: “la lógica de la dominación, el mecanismo de la homogeneización de hombres y cosas, la realización del proyecto iluminista-burgués, supone el vaciamiento de la subjetividad sobre la que se montó ese proyecto, su sujeción a las estructuras de una sociedad atravesada íntegramente por la racionalización y la despersonalización”. Ello produce una situación que apunta Mauro Wolf en su estudio del tema: “la individualidad es sustituida por la pseudo-individualidad: el sujeto se halla vinculado a una identidad sin reservas con la sociedad”. Otro producto de la estandarización u homogeneización propias de las Industrias Culturales.
En el prólogo de su libro sobre la Escuela de Frankfurt, Alicia Entel indica que las reflexiones de ese grupo de pensadores acerca del futuro de la humanidad “tuvieron carácter de vaticinio” miradas desde el año 2000. Se podrá disentir en cuestiones menores, pero es evidente –según Entel- que “el arte ha dejado su paso a la industria”, aumentando la pasión social por el consumo y languideciendo el aura del proceso artístico.
Hace un mes, un locutor de la trasnoche FM Vale señaló: “Esta radio, a la cabeza, decide lo que sí y lo que no. Decide lo que se debe escuchar y lo que no”. Si bien carece de rigor académico, esta frase real captada imprevistamente en un taxi es un real ejemplo del modo en que acciona el poder. “El poder es la capacidad que tiene un determinado grupo de imponer su verdad como verdad para todos”, disparó Feinmann en una emisión de su ciclo por Encuentro, y la interpretación de la verdad que el poder hace llega (quizá) a ser creída por la repetición efectuada. En un capítulo dedicado a Michel Foucault, quien toma conceptos de los frankfurteanos, el francés indica que “sujetar al sujeto es la meta del poder; sujetar la subjetividad del sujeto, conquistarla, hacerla suya”.
Retomando a Alicia Entel, y desmintiendo el pesimismo atribuido per se a Adorno y Horkheimer principalmente, la autora indica que no sólo ayudan a pensar la decadencia; “también aportan en función de imaginar proyectos”. Forster lo profundiza: “intentaron construir el sentido, volver a dar forma a una gramática”; además, procuraron indagar en aquellas tradiciones que creían que todavía tenían mucho para decir.

Pensamiento propio
Según Feinmann opina en el reportaje: “la gente disfruta pensando, porque siente que vence obstáculos, y se piensa a sí misma con más dignidad”. Es clave para los individuos pensar independientemente y tener a la capacidad crítica como aliada, a fin de lograr distinguir entre lo provechoso y lo perjudicial para sí mismos.
Justamente, una de las consecuencias que los frankfurteanos señalan a propósito de las Industrias Culturales es que producen en los hombres la aceptación pasiva de lo impuesto y, posteriormente, la adhesión acrítica al régimen hegemónico (que no necesariamente es un Poder Ejecutivo).
Un punto a señalar son los prejuicios que hay sobre la Cultura. “Lo que hay que destruir es el mito que dice que la cultura es aburrida”, plantea el filósofo. Evidentemente, se trata de ideas promovidas por quienes producen cultura chatarra cuyo principal objetivo es que no se acceda a la Cultura Popular, por ejemplo, ya que allí el sujeto encontrará un espacio de pensamiento no regido por el poder hegemónico.
Asimismo, es vital que quienes desarrollan la Cultura rompan con ciertos esquemas y encuentren el modo de apasionar a sus receptores. Al demostrarles que la Cultura les es inherente como seres humanos, y que el conocimiento es una verdadera aventura, se supera la quietud, se desasosiega la forma de relacionarse con el mundo.
En Filosofía aquí y ahora, Feinmann dio un claro ejemplo de educación y transferencia de conocimientos a través de la televisión. Lo hizo sin bajar su nivel, confió en la capacidad de sus televidentes, y logró instalar en la televisión por cable un servicio, un acceso a la “temida” filosofía. Públicos adolescentes, maduros y de la tercera edad encontraron que para ellos el “amor a la sabiduría” también era posible.

Conclusión
A partir del repaso por los principales conceptos de Adorno y Horkheimer, y de los aportes de Mauro Wolf, Ricardo Forster, Alicia Entel y José Pablo Feinmann, nos encontramos con un panorama apasionante. Como bien señala Entel, los vaticinios de la Teoría Crítica se hacen presentes en nuestra época, y Feinmann lo confirma en un reportaje que no se cierra al ámbito académico, sino que –como su programa televisivo- busca ampliar su público sin subestimarlo.
En cuanto a la validez de la Teoría, es provechoso encontrar coincidencias entre la realidad del Siglo XXI y la obra de 1947. En lo que respecta a la salud intelectual de nuestra sociedad, lamentablemente nos encontramos invadidos por las Industrias Culturales. Las vemos en la televisión (Showmatch, Intrusos en el espectáculo, Policías en Acción, etc.), el cine (con títulos más bien estadounidenses sostenidos por el sexo y la violencia; films de superhéroes, gángsters, etc.), el teatro (comedias con mujeres pulposas que se centran en mostrar sus cuerpos: El champán las pone mimosas, No somos santas, etc.), y hasta en la radio (teniendo en cuenta la música emitida o los conductores: Oscar González Oro, Viviana Canosa, etc.).
Las Industrias Culturales (el fanatismo por La Cháchara deportiva o la banalización de la política en concursos como “Gran Cuñado” en Showmatch), producen distracciones y seguimientos indiscutidos del poder hegemónico. Quizá podríamos ubicarlo en el Grupo Clarín, una megaempresa que tiene –se diría- casi tanto poder como la Presidenta de la Nación; un holding que manipula –en coherencia con su tradición- la opinión pública para mantener sus negociados. Regístrese hasta qué punto responde a Clarín la mayoría del pueblo, aparentemente sin notar que esa empresa guía a los políticos que forman parte de la oposición ubicada a la derecha de la mesa.
Este gran grupo mediático no es un monopolio, pero concentra un gran porcentaje de poder para conseguir –como se ve en el accionar social- plantear temas en la agenda, colocar toda la carga negativa en el Gobierno Nacional, y ser suficientemente astutos para que sus televidentes, lectores u oyentes tomen lo que se les dice sin cuestionamientos. Para evitarlos, apelan a humor banal, imágenes que producen impacto, superficialidad y parcialidad en la información, y adormecimiento en la capacidad de discutir de aquellos a quienes llegan sus mensajes.
Las Industrias Culturales siguen formando parte de las herramientas que los poderes hegemónicos utilizan para mantener al cuerpo social mirando en el vacío. Ello les permite continuar con estrategias de beneficio propio y de dominación a terceros, cuya capacidad de defenderse es cada vez menor.
Si bien la postura frankfurteana fue tildada en reiteradas ocasiones de pesimista, hay en ella una gran percepción social, y debemos señalar que hay importantes grupos sociales que no ceden ante ellas, y saben hacerlas a un lado a la hora de confiar en lo que las Industrias Culturales aquellas dicen. En ellas, la credibilidad no es un punto menor, ya que parecen amigables e inocentes, pero son altamente peligrosas y degradantes.
“Un intelectual es para mí aquel que es fiel a un contexto político y social, pero no deja de discutirlo”. Según esta visión que Jean Paul Sartre señaló en un reportaje, Ernesto Sabato es un destacado intelectual a quien vale la pena oír. En La Resistencia, parafraseando a Marx, indica que “la televisión es el opio del pueblo”. Y a propósito, como también expresa en el ensayo, “si nos cruzamos de brazos seremos cómplices de un sistema que ha legitimado la muerte silenciosa”, entre tantos otros horrores.

Bibliografía
 Sabato, Ernesto (2006). La resistencia. Buenos Aires: Colección La Nación.
 Entel, Alicia (2000). Escuela de Frankfurt. Razón, arte y libertad. Buenos Aires: Eudeba.
 Forster, Ricardo (1999). Itinerarios de la Modernidad. Buenos Aires: Eudeba.
 Wolf, Mauro (1987). La investigación de la comunicación de masas. Buenos Aires: Paidós.
 Ortolano, Mariel. (2009). Los aportes de la escuela de Frankfurt. En http://www.cultura.wordpress.com.
 Adorno, Theodor y Horkheimer, Max (1947). Dialéctica del Iluminismo. Madrid: Editora Nacional.

Otras fuentes
 Reportaje a José Pablo Feinmann. Emitido el 8 de Febrero de 2009 a las 22.15 horas por Radio Rivadavia (ver anexo).
 Fragmento del ciclo Filosofía aquí y ahora: http://www.youtube.com/watch?v=Nb6jn1tXLZQ&feature=related.

Referencias

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