El periodismo en la era de la incertidumbre

 

por Carlos Massa
(en el contexto de las Jornadas de celebración de los 70 años del Instituto Grafotécnico, 28 de octubre de 2004)

Nos encontramos aquí con la intención de conmemorar, hacer memoria conjuntamente, volver a los orígenes para actualizarnos originalmente. La excusa: los 70 años de trayectoria del Instituto Grafotécnico. Y creo que es válida la pregunta: ¿qué es digno de ser conmemorado? El juego mnemónico nos propone siempre la  retención de algo y el olvido de otras cosas. Este recorte es el que nos convoca bajo la pregunta qué es lo digno de ser recordado y celebrado y para qué recordamos o conmemoramos. Y tal vez surjan las primeras reflexiones, aquellas que pensaron nuestros antecesores allá por 1934 y que hoy nos invocan nuevamente.   Las plantearía a partir de esta pregunta: ¿Cuál el es desafío que se nos presenta al re-pensar al Instituto Grafotécnico como institución formadora de periodistas en el contexto hoy mucho más amplio de las Ciencias de la Comunicación? Y al reflexionar sobre el largo camino de nuestra escuela y comparar etapas y vivencias, descubrimos que este camino está acompañado por otras trayectorias, paralelas, que entretejieron este caminar.  De aquel periodismo que se proclamaba independiente a un periodismo atravesado por las variables económicas, atrapado en las redes políticas, obedeciendo a estrategias sociológicas, jugando en los campos simbólicos legitimados socialmente.  De un periodismo que se cristalizaba gráficamente, a un periodismo que abarca múltiples propuestas comunicacionales, que ha adoptado los códigos complejos del lenguaje audiovisual, que se hibridiza, como otros tantos fenómenos culturales contemporáneos, con la publicidad y el espectáculo.  De aquel periodismo pretendidamente objetivo a un periodismo  acotado en el juego de las   interpretaciones, y sus reglas subjetivas. De aquel periodismo cuyo criterio de verdad se sostenía en el supuesto carácter especulativo del intelecto  respecto del hecho-en-sí, que pretendía ser reflejo de la realidad sin mediaciones, con fundamento en el logos en tanto razón, una noción de logos avalada desde aquella sentencia parmenídea en la que el ser y el pensar se autoexigen en una referencia absoluta.  Un periodismo que se concebía capaz de postularse como verdadero en relación a criterios de verificabilidad reales/objetivos, criterios de verdad absolutos como soporte de esquemas de vida prefijados, principios que mostraban como seguros caminos a seguir;  a un periodismo que asume la tarea de relatar una realidad desustancializada, estallada, condenada a su construcción/ destrucción eterna según los criterios de cada época. De un periodismo del que se decía que era la primera forma de contar la historia, a un periodismo obligado a construir subjetivamente los fragmentos de esta historia polivalente, revisada, reconstruída periódicamente como  una condena prometeica.            Esta trayectoria no sólo describe la evolución de las comunicaciones, sino que también refleja el  devenir del lo humano, su cotidianeidad, sus construcciones de la realidad; trayectoria que revela las tensiones que señalan el ocaso de  los viejos tiempos modernos y la aurora de la era de la información, en las postrimerías de la controversialmente llamada posmodernidad.   Trayectos que se fueron legitimando a partir de un plexo de valores, entramado axiológico  resultante de una concepción alejada de toda duda. Su aceptación no era discutida. Las reglas del juego eran claras y la realidad se dejaba traducir fácilmente  por los flujos comunicacionales.  La pregunta sería entonces: ¿qué valores, asumiendo la relatividad de esta noción en un contexto de crisis, tienen que regirnos, tienen que marcar nuestro norte?. ¿Qué discurso axiológico  nos puede comprender en un horizonte de sentido, qué suelo físico o metafísico será capaz de soportar el peso de las incertidumbres contemporáneas, el desamparo  vital que en un mismo movimiento nos deja huérfanos y que, desde la precariedad y el abandono, nos ofrece a la vez la mayor libertad, a partir de la cual todo está por construírse?….            Si el dios de la modernidad ya no existe; si la metafísica se olvidó del ser, y con ella todo occidente vuelve a replantearse, a cuestionarse su dirección metafísica; si los grandes relatos murieron, y no hay discursos justificadores que nos ofrezcan cosmovisiones totalizadoras; si el sujeto se desustancializó, con todas sus heridas narcisísticas, volviéndose permeable a ser atravesado por todo discurso comunicacional que se presente como explicativo de la realidad, manual de un mejor vivir: pasividad posmoderna del sujeto acrítico, confortablemente adormecido; si se declararon todos los fines posibles: de la historia, de las utopías, de las ideologías, de los estados nación, emergiendo propuestas de pensamiento únicas, ¿qué fundamento entonces podría sustentar un nuevo sentido para nuestra acción?  Decir que en estos tiempos ganados justamente por la incertidumbre es conveniente detenernos y pensar de nuevo  es la osada valentía de reconocerse en lo actual. No en lo actual concebido como la  engañosa cristalización de una moda sino la ardua tarea de reconstruir nuevas verdades que nos sustenten en una estructura de sentido. Decir que en estos tiempos es valiente detenernos a pensar, a convenir, consensuar orientaciones, es el móvil para invitarlos a estas jornadas que nos dejaran con la efímera certidumbre de haber propuesto al menos algunos sentidos. Desde una visión antropológica vincular, el desafío inicial consiste en reconvertir nuestros vínculos tan violentos,  en vínculos libres. Vínculos construidos no desde la libertad del dejar hacer sino desde la posibilidad de promocionar al otro desde nuestra precaria, inestable y efímera humanidad. Agotadas las estadísticas intencionalmente escondedoras de los males sociales, nos debemos los argentinos  merecidos ejercicios de libertad que  constituirán los contextos a partir de los cuales medir nuestras estrategias comunicacionales. Reconvertir como fundamento el logos-en-tanto-razón en logos-comunicación: la posibilidad de coordinar planes de acción sobre la base de acuerdos motivados racionalmente, acuerdos que puedan entretejer una urdimbre cada vez más abarcativa, superadora de lo individual.  Pensar, en definitiva, en razones que otorguen fundamento a una comunidad de comunicación, en la que  las diferencias queden abarcadas por ejercicios de libertad que nos promuevan en tanto sociedad. Ejercicios de libertad que sirvan de suelo dador de sentido, de valores quizás, que en su misma precariedad nos inviten nuevamente a detenernos y a repensarlos en otra jornada como ésta. 

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