Parcial domiciliario- Junio de 2009

SEMIÓTICA DE LOS MEDIOS CONTEMPORÁNEOS

PARCIAL DOMICILIARIO

Curso de 2009

El 2º parcial consistirá en la elaboración de una monografía individual. Las pautas generales de realización del trabajo pueden consultarse en la página de UCES-Reglamento de Trabajo Final-Cómo redactar una monografía. Además de representar una instancia de síntesis de los conocimientos adquiridos hasta ese momento en la materia, la intención de la cátedra es contribuir a que los alumnos de la carrera de Comunicación Social se familiaricen y se ejerciten en la producción de escritos académicos que puedan servirle como base para el Trabajo Final de Carrera y, por supuesto, como ensayos previos a su práctica profesional.

A continuación proponemos una serie de consignas que se presentan a modo de guía, a partir de las cuales los alumnos podrán seleccionar un tema para desarrollar en su monografía, con la supervisión de los docentes a cargo de cada comisión. Las consignas pueden utilizarse como problemas-preguntas de investigación destinadas a que cada alumno elabore su propio tema monográfico, incluso, proponga otros relacionados con las temáticas abordadas en las clases y en la bibliografía recomendada. El título quedará a cargo del alumno como así también la selección del corpus al cual aplicará los conceptos que eligió desarrollar: programa(s) de televisión, multimedia, documentales. La bibliografía consta en el programa y en cada caso el profesor realizará las sugerencias necesarias.

Consignas sugeridas:

 El dolor humano como materia prima del infoentretenimiento en la actual programación televisiva. El tratamiento humorístico de lo trágico: ¿instrumento crítico o banalización? (Ford- Baudrillard)

 La exasperación del caso y la ausencia del debate: la crisis del análisis de la información (Ford-Ramonet- Bourdieu).

 Televisión y minorías: el tratamiento de la imagen de las minorías raciales y sexuales (Barker)

 El reality_show y las formas contemporáneas de control social:

A- Gran Hermano y el Panóptico (Whitaker)
B-El deporte como discurso (Eco)

La realidad social es, según Eliseo Verón, una entidad que los medios construyen en base al imaginario social. ¿De qué modo construyen los argentinos la imagen de los héroes? El caso Maradona en la película El Camino de San Diego (2006) de Carlos Sorín. ¿De qué modo se manifiesta el mito en la televisión argentina? (Verón-Escudero-Ford)

 Discursos sociales y construcción de la realidad. La construcción de la imagen del ex combatiente de Malvinas. Confrontar con la figura de los desaparecidos en el imaginario nacional (Ver Lucrecia Escudero: El contrato mediático en Malvinas: El gran Relato)

 Narrativización y ficcionalización de los casos policiales en los medios argentinos: el caso de María Soledad Morales y la creación de una secuencia que continúa (Blumberg, Dalmasso, García Belsunce).

 Los medios y la representación de la violencia: ¿causa, espejo o ficción? (Ford- Bourdieu-Barker).

 La transposición de los géneros tradicionales a los géneros populares. Análisis de una transposición (Ver Steimberg).

 La telenovela argentina y sus raíces: desde el melodrama a la actual telecomedia. Transposición e hibridación: la sit-com (Steimberg- Mazzotti)

 La teoría de la construcción del temario: cambios en los factores de noticiabilidad en las últimas décadas (Ford-Ramonet)

 La construcción de nuevas subjetividades mediáticas: las redes sociales (Manovich-Barker)

 Mutaciones del libro, la lectura y la escritura en la era de Internet (Scolari-Vanderdorpe)

1 comment Junio 3, 2009

Diversos abordajes en torno a la influencia de los medios.


La sociología anglosajona fue la disciplina que introdujo el concepto de mass communication o mass media, tan generalizado en el ámbito de las Ciencias de la Comunicación, aunque otras líneas siguen prefiriendo la denominación de Medios de Comunicación Social, dado que el término masa enfatiza la connotación de anonimato y pasividad de las audiencias que, según los últimos estudios en la materia, no se ha revelado tan pasiva en la recepción de los mensajes de los medios.

1. El enfoque filosófico:

El estudio de los problemas referentes a las comunicaciones masivas ha atravesado dificultades en cuanto a su enfoque por parte de los teóricos de la comunicación. Por un lado, lo rechazan quienes minimizan su importancia en beneficio del estudio de realidades sociales más consistentes (economía, historia, clases sociales, luchas políticas, etc). Por otro lado, cuando se le reconoce su importancia, el enfoque de la problemática de los medios se polariza en dos actitudes contrarias: o bien se atribuyen a los medios de comunicación todos los males que agobian a nuestras llamadas sociedades de consumo, desde el adoctrinamiento sistemático de las conciencias hasta la vulgarización y la banalización de la vida cotidiana y de las mentes del público, o bien, en el extremo opuesto, se considera a los medios como instrumento de sensibilización de la inteligencia de los usuarios y se magnifica el poder transformador de su tecnología. Este debate entre corrientes teóricas de pensamiento que analizan los efectos de los medios fue sistematizado por Umberto Eco en su trabajo Apocalíticos e Integrados de 1964. Básicamente se refiere al alineamiento de la crítica en dos corrientes: la iniciada por los pensadores de la Escuela de Frankfurt, de raíz marxista y la iniciada por el filósofo canadiense Marshall McLuhan.
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1 comment Marzo 1, 2009

Los aportes de la escuela de Frankfurt

por Mariel ortolano


La Perspectiva crítica

Conformada entre los años 1924 y 1932, esta escuela de pensamiento continúa la línea crítica que se inicia en Europa con la Ilustración y que caracteriza en definitiva al pensamiento europeo: la fuente del filosofar es más la incredulidad que el asombro. En el contexto del surgimiento del nazismo, representan la defensa de la razón a ultranza frente al avance del irracionalismo. Sus fuentes doctrinarias representadas por las teorías de Hegel, Marx y Freud establecen una perspectiva pesimista en relación con los fenómenos culturales que se asociaban en la primera parte del siglo XX a la masificación de las comunicaciones.

Desde la publicación de La industria cultural (1947) el análisis de los fenómenos ideológicos en relación con la institucionalización económica y cultural de los medios es su principal objeto de estudio y, por consiguiente, los efectos de las industrias culturales sobre el público.

El concepto de industria cultural que introdujeron Adorno y Horkheimer por primera vez en La dialéctica de Iluminismo reemplaza el concepto de “cultura de masas” (la elección del término tiene como finalidad evitar malentendidos en torno a su enfoque: su obra no implica una crítica a la cultura de masas entendida como cultura popular, es decir, la cultura surgida de las propias clases populares, sino para definir lo que hoy más genéricamente podemos denominar cultura mediática: la cultura producida y difundida por los medios masivos de comunicación).
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3 comments Febrero 28, 2009

Una guerrilla semiológica

A más de tres décadas de la publicación de su libro Apocalípticos e Integrados, Umberto Eco retoma el debate en torno a la influencia de los medios y sostiene su tesis ya célebre sobre la imposibilidad de controlar la opinión pública y el protagonismo de la recepción. Es el público quien re-construye los mensajes a partir de sus propios códigos que varían según los diversos contextos sociales y las variables psicológicas de cada individuo. La Nación Revista realizó una entrevista al semiólogo italiano en setiembre de 2004, en la que Eco analiza el fenómeno de la recepción de las noticias sobre el atentado del 11-M en España.

Es interesante observar cómo reformula conceptos de su artículo de 1967 “Para una guerrilla semiológica”, uno de sus ensayos más lúcidos sobre el problema de los medios y la cultura de masas…Una guerrilla entendida como llamado a la responsabilidad individual y comunitaria frente a los avances de la cultura de masas: propiciar el análisis, agudizar el sentido crítico para evitar la recepción pasiva, éste sería el principal desafío de la cultura mediática.

Mariel Ortolano

Tema libre / Umberto Eco El público le hace mal a la televisión

La Nacion Online-revista
Domingo 2 de Mayo de 2004
Los mensajes que dispara la pantalla pueden ser desbaratados
por los televidentes. En este texto, el semiólogo italiano
analiza lo que ocurrió en España tras el atentado del 11-M,
cuando la gente no creyó en la versión oficial del hecho y
suscitó una crisis en el gobierno de Aznar

Leer más: http://elfaro.bitacoras.com

Add comment Febrero 25, 2009

El Contrato Mediático: la teoría de los discursos sociales.

por Mariel Ortolano

En estas últimas clases estamos centrando nuestra atención en un grupo de autores que nos ayudan a reflexionar sobre el tema de la relación de los medios con esa entidad que llamamos realidad social y que la mayoría de nosotros considera desde el sentido común como un conjunto de hechos incuestionable, tácticamente existentes y determinantes de nuestra existencia cotidiana.

Eliseo Verón fue construyendo una teoría, la teoría de los discursos sociales, como una síntesis a partir de los aportes de los pensadores que podemos considerar fundamentales dentro del contexto del contexto de las Ciencias Sociales; es decir, Verón no produce una teoría original, sino que compila hábilmente los avances de la Filosofía del lenguaje (Wittgestein), la antropología (Bateson) la semiótica peirceana y, en definitiva, la vertiente más aplicable en el ámbito de los métodos de análisis del discurso que es la teoría de la enunciación (Benveniste).

Según esta teoría, que Verón no formuló en un solo libro sino a lo largo de sus muchas publicaciones, la entidad que llamamos realidad social es una construcción discursiva que los medios realizan en base al imaginario social, entendiendo a ese imaginario como el conjunto de creencias, mitos, deseos y frustraciones que en cierto modo constituyen la idisincracia de cada sociedad.

El conjunto de discursos sociales sobre la realidad conduce a la constatación de que hay tantas realidades como discursos y los medios informativos constituirían entonces medios de producción de lo real social. El carácter de acontecimiento lo construye el medio a través de la noticia:
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Add comment Febrero 24, 2009

La mediatización

INTERFACES. Eliseo Verón. Sobre la democracia audiovisual avanzada. (en El nuevo espacio público, ed. Gedisa, Barcelona, 1992, p. 124-139)

En primer lugar, veremos algunas hipótesis que son interpretaciones de hechos concernientes a la evolución reciente de las sociedades llamadas “postindustriales”, y sobre las cuales no podré extenderme en el marco de este trabajo.

Las sociedades postindustriales son sociedades en vías de mediatización, es decir, sociedades en que las prácticas sociales (modalidades de funcionamiento institucional, mecanismos de toma de decisión, hábitos de consumo, conductas más o menos ritualizadas, etc.) se transforman por el hecho de que hay medios. El proceso de mediatización no avanza al mismo ritmo en los distintos sectores del funcionamiento social; es cierto que el mecanismo estatal (y, por lo general, el campo de lo político) es uno de los sectores en que esta mediatización es bien visible. Una sociedad en vías de mediatización (distinguible de la sociedad mediática del período anterior, es decir, una sociedad en que poco a poco se implantan tecnologías de comunicación en la trama social) no por eso es una sociedad dominada por una sola forma estructurante, lo cual explicaría la totalidad de su funcionamiento. La mediatización opera a través de diversos mecanismos según los sectores de la práctica social que interese, y produce en cada sector distintas consecuencias. Dicho de otro modo: una sociedad mediatizada es más compleja que las que le han precedido. A pesar de lo que se diga, la publicidad, el discurso político, el discurso informativo. el discurso científico, etc., resultan de condiciones de producción y de reconocimiento diferentes, específicas en cada caso.

Respecto del sistema político, la pantalla chica se convierte en el sitio por excelencia de producción de acontecimientos que conciernen a la maquinaria estatal, a su administración, y muy especialmente a uno de los mecanismos básicos del funcionamiento de la democracia: los procesos electorales, lugar en que se construye el vínculo entre el ciudadano y la ciudad. En otras palabras, ya estamos en la democracia audiovisual. Más para bien que para mal, a mi juicio, pero ése es otro debate. En cada práctica discursiva, la mediatización ha implicado la incorporación progresiva de nuevos registros significativos. En su historia, de una manera muy esquemática, la mediatización influyó primero en la escritura, con la prensa masiva (el orden de lo simbólico, en la terminología de Peirce); a continuación se fue haciendo cargo del universo figurativo de la representación, con la fotografía y el cine (el orden dé lo icónico, siempre según Peirce), y finalmente se apoderó del registro del contacto, en forma parcial -en primer lugar‑ con la radio, y luego en forma plena mediante la televisión para el público en general (el orden de lo indicial peirciano). La incorporación de un nuevo registro significativo no ha implicado, claro está, la anulación de los anteriores: mirar televisión no hace a uno sordo, lo cual remite a la complejidad creciente de la discursividad en la sociedad postin-dustrial. También aquí hay un debate que esquivo: todo lo que se podría decir de los contrasentidos en que se incurrió respecto de nuestra “civilización de la imagen”.

Add comment Febrero 19, 2009

El contrato de lectura

ELISEO VERON

EL ANÁLISIS DEL “CONTRATO DE LECTURA”

UN NUEVO MÉTODO PARA LOS ESTUDIOS DEL POSICIONAMIENTO

DE LOS SOPORTES DE LOS MEDIA.

Eliseo Verón, El análisis del “Contrato de Lectura”, un nuevo método para los estudios de posicionamiento de los soportes de los media, en “Les Medias: Experiences, recherches actuelles, aplications”, IREP, París, 1985.

1. La lectura, una práctica

invisible.

Es necesario, primeramente, precisar en qué consiste la novedad de la demarcación que haremos aquí. Ella articula, de hecho, dos técnicas que son, en tanto que tales, bien conocidas: el análisis semiológico de un “corpus”, por una parte, y el terreno cualitativo (entrevistas semidirectas o grupos proyectivos), por otra.

La novedad de su delimitación proviene de su objeto, que podemos caracterizar como las condiciones y las determinaciones de la lectura de un soporte de prensa.

Ahora bien, la lectura, en tanto que actividad significante, en tanto que proceso socio–cultural de “captura” del sentido de un texto, de un discurso (o más en general, de un media), se ha constituido muchas veces de manera insatisfactoria como un objeto de conocimiento. Hay muchas razones para ello que han funcionado como otros tantos obstáculos a la hora de dar cuenta de una problemática concerniente a la lectura. El primer obstáculo viene de la lingüística. En tanto que “teoría de la gramática”, la lingüística ha insistido durante mucho tiempo sobre la indistinción entre locutor y alocutario, esto es, entre producir una frase y entenderla. El “sujeto” de la competencia lingüística es definido de este modo como locutor–auditor.(1) Roman Jakobson ha sido uno de los primeros lingüistas que ha sugerido que los procesos de producción de frases y los de su recepción no son de la misma naturaleza.(2) Sin entrar a discutir si la no distinción entre emisión y recepción está justificada o no sobre el plano del análisis propiamente lingüístico, es cierto que un punto de vista semejante, transferido al dominio del funcionamiento social del lenguaje, no ha estimulado un análisis de la especificidad de la recepción de los discursos en relación a su producción. A eso se agrega un segundo factor: la lingüística ha privilegiado siempre la palabra sobre la escritura. Es decir, una razón adicional para no reflexionar sobre los procesos de la lectura.

En semiótica, ha sido siempre más fácil trabajar sobre los textos mismos que cuestionarse sobre la forma en que se los lee. Además, la semiótica se ha interesado sobre todo, en las obras literarias, en los textos considerados como excepcionales y en consecuencia, automáticamente valorizados: fascinada por la obra (y a través de ella, por el autor), la semiótica no se ha interesado por aquellos que la leen, y menos, por los que no la leen. Una problemática de la lectura de la obra literaria comienza recién a esbozarse.(3)

En cuanto a los sociólogos, han acumulado información sobre los lectores, sin interrogarse por el funcionamiento social de los textos, menos aún, por el proceso de lectura.

Los conocimientos se constituyen entonces, por una parte (y sobre todo) sobre los lectores, y por otra, sobre los textos, de modo que estos dos saberes empíricos han estado siempre separados. Conocemos bien quién lee qué. Sin embargo, nos vemos enfrentados, generalmente, a problemas cuya solución no parece ser abordable en base a la acumulación de estos dos tipos de información.

Evoquemos algunas situaciones:

1.– Dos soportes se dirigen a un mismo sector, tienen las mismas rúbricas, tratan los temas de la misma manera. Uno progresa y el otro, declina. ¿Por qué?

2.– Entre los individuos que tienen el mismo perfil sociodemográfico y que expresan las mismas configuraciones de motivación, intereses, de expectativas, etc., unos leen el soporte A y los otros, el B. ¿Por qué?

3.– En el sector de la novedad (juegos electrónicos, video, micro–informática, etc.) se asiste a una proliferación de negocios que tratan los mismos temas, y en esta plétora, sólo sobreviven algunos. ¿Cómo saber cuáles tienen esta chance y por qué?

4.– El posicionamiento de los soportes pertenece a un mismo universo de competencia y se realiza en un espacio cada vez más estrecho. En este espacio de competencia estrecha ¿cómo un soporte puede encontrar argumentos nuevos de valorización, capaz de poner en evidencia su singularidad entre los anunciantes?

Para tratar este tipo de problemas, la puesta en relación de sus lectores (sea en términos socio–demográficos o en “estilos de vida”) no es suficiente. Yo sostengo que es inútil buscar una solución a estos problemas a partir de una acumulación de información sobre el lector o por un tratamiento cada vez más “refinado” de esta información. En tanto que los soportes y los lectores sean conocidos como dos realidades separadas, este problema no puede ser abordado de un modo satisfactorio; hay que comprender su relación, y ésta no es otra cosa que la lectura, esa práctica social que hasta ahora, se ha mantenido invisible.

El contrato de lectura

La relación entre un soporte y su lectura reposa sobre lo que llamaremos el contrato de lectura . El discurso del soporte por una parte, y sus lectores, por la otra. Ellas son las dos “partes”, entre las cuales se establece, como en todo contrato, un nexo, el de la lectura. En el caso de las comunicaciones de masa, es el medio el que propone el contrato.(4)

El éxito de un soporte de la prensa escrita se mide por su capacidad de:

–proponer un contrato que se articule correctamente a las expectativas, motivaciones, intereses y a los contenidos del imaginario de lo decible visual.

–de hacer evolucionar su contrato de lectura de modo de “seguir” la evolución socio–cultural de los lectores preservando el nexo.

–de modificar su contrato de lectura si la situación lo exige, haciéndolo de una manera coherente.

La primera cuestión es saber por cuáles mecanismos y en qué nivel de funcionamiento del discurso de un soporte de prensa se construye el contrato de lectura.

La respuesta nos la da la teoría de la enunciación, que es sin lugar a dudas, el desarrollo más importante en las ciencias del lenguaje en estos últimos años.(5) Se trata, primeramente, de distinguir, en el funcionamiento de cualquier discurso, dos niveles: el enunciado y la enunciación. El nivel del enunciado es aquel de lo que se dice (en una aproximación gruesa, el nivel del enunciado corresponde al orden del “contenido”); el nivel de la enunciación concierne a las modalidades del decir. Por el funcionamiento de la enunciación, un discurso construye una cierta imagen de aquel que habla (el enunciador ), una cierta imagen de aquél a quien se habla (el destinatario) y en consecuencia, un nexo entre estos “lugares”.

Tomemos un enunciado cualquier que llamaremos “p”; supongamos que este enunciado contiene dos elementos en el plano de su contenido: un nombre /Pedro/ y un concepto expresado por un verbo, por ejemplo /partir/. Conservando siempre estos dos mismos elementos en el plano del enunciado, los podemos hacer variar en el plano de la enunciación: “p”.

En este primer caso, tenemos la aserción simple del enunciado: “Pedro ha partido”; podemos presentar este caso de la siguiente manera:

E P D

donde el enunciador “E” presenta una “verdad objetiva” a su destinatario “D”.

“Yo creo que p”

En esta variante (“Yo creo que Pedro ha partido”) el enunciado es modalizado por la enunciación de tal modo que “p” es presentado como una creencia del que habla y no como una verdad sin matices; podemos decir entonces que el enunciador “toma a su cargo el enunciado”:

E P D

“Nosotros sabemos muy bien que P”.

En este tercer caso, por medio de la apelación a un saber compartido (“nosotros sabemos bien que…”), el enunciador busca implicar al destinatario en la responsabilidad de haber afirmado “P”.

E P D

“Es bien sabido que P”.

Aquí, el enunciador se dirige a un soporte difuso, impersonal, al que le atribuye el saber concerniente a “P”:

X

E P D

“Yo sostengo que P”.

Este caso, mucho más complicado que los anteriores, admite dos interpretaciones. Sea el “yo sostengo” dirigido directamente al destinatario. El enunciador, en este caso, aseverando “P” indica que él sabe que el destinatario no está de acuerdo con el contenido afirmado:

E P D

Como por ejemplo: “Usted dice haber visto a Pedro hace algunos minutos, pero yo sostengo que él ha partido esta mañana”. Sea el “yo sostengo” no dirigido hacia una opinión contraria del destinatario, sino hacia la de un tercero, determinado o no (se podrá tratar, por ejemplo, de la opinión común), que está presente implícitamente como no estando de acuerdo con la aserción “P”:

E P D

X

Como por ejemplo: “a pesar del rumor que corre, yo sostengo que Pedro ha partido”.

“Usted imagina que P”.

Este caso, es en alguna medida, el inverso del anterior; diciendo “Usted imagina que Pedro ha partido”, el enunciador atribuye “P” al destinatario, indicando que es este último el que puede confundirse:

E P D

Podríamos continuar, porque existen otras variaciones posibles alrededor de “P”. Este ejemplo muestra, en todo caso, que un mismo contenido (plano del enunciado: “P”) puede ser tomado a cargo por estructuras enuncia-tivas muy diferentes : en cada una de estas estructuras enunciativas, el que habla (el enunciador) se construye un “lugar” para sí mismos, “posiciona” de una cierta manera al destinatario, y establece así una relación entre estos dos lugares.

En un soporte de prensa, como en cualquier discurso, todo contenido es necesariamente tomado a cargo por una o múltiples estructuras enunciativas. El conjunto de estas estructuras enunciativas constituye el contrato de lectura que el soporte propone a su lector.

De todo esto se desprende una consecuencia muy importante en el plano de la investigación: el método más corrientemente aplicado al estudio de los soportes, el análisis de contenido , es inadecuado para estudiar el contrato de lectura. Los problemas de posicionamiento, que se ubican habitualmente en el soporte, se definen en función de su concurrencia (competencia), es decir, en función de otros soportes que le son cercanos, en el interior, consecuentemente, de un universo temático determinado. En esta situación, el análisis de contenido corre el riesgo de hacer aparecer lo que los soportes en competencia tienen en común , lo que los acerca más. Y, en el mejor de los casos, el analista de contenido le dará una importancia muy grande a los matices del contenido, sin que esto permita definir una estrategia redaccional.

Los estudios del contrato de lectura por medio de una descripción del plano de la enunciación, muestran que, a menudo, los soportes extremadamente cercanos desde el punto de vista de sus rúbricas y de los contenidos que aparecen, son en realidad muy diferentes en el plano del contrato de lectura, plano crucial porque es el lugar donde se constituye la relación de cada soporte con sus lectores. El análisis del contrato de lectura permite de este modo determinar la especificidad de un soporte, hacer resaltar las dimensiones que constituyen el modo particular que tiene de construir su relación con sus lectores.

Esto no quiere decir, por cierto, que el contenido no juegue ningún rol en el funcionamiento del contrato de lectura. Lo que dice la teoría de la enunciación es que el contenido no es más que una parte de la historia y que en ciertos casos (que son muy frecuentes en los dominios de los media y la prensa escrita), es la parte de menor importancia.

Hablar de la enfermedad de Pedro no es lo mismo que hablar de su partida: la teoría de la enunciación nunca ha negado una evidencia semejante. Pero afirma que la diferencia entre “Yo creo que Pedro ha partido” y “Yo sostengo que Pedro ha partido” es tan importante, y tal vez más importante, que la diferencia entre “Pedro partió” y “Pedro está enfermo”. En recepción, la lectura no reside solamente en los contenidos; reside en los contenidos siempre “tomados a cargo” por una estructura enunciativa donde alguien (el enunciador ) habla, y donde un lugar preciso le es propuesto en tanto que destinatario.

La enunciación es un nivel de funcionamiento del discurso y no una parte que sería destacable del resto (el contenido). Estos ejemplos, extremadamente simplificados, nos permiten pensar lo contrario. En el enunciado “yo creo que Pedro ha partido”, en efecto, podemos decir que “Pedro ha partido” expresa algo de contenido, en tanto que “Yo creo que” constituye la modalidad enunciativa. Desafortunadamente, las cosas no son tan simples. Tomemos dos ejemplos:

A: ¿Usted se queda?

B: Sí, yo me quedo.

A: ¿Usted se queda?

B: Evidentemente.

Responder a la pregunta: “¿Usted se queda?”, con “Sí, yo me quedo” o bien con “¡Evidentemente!”, es desde B, dar dos respuestas muy diferentes desde el punto de vista de la enunciación. Ahora, cómo distinguir en la respuesta “¡Evidentemente!” el aspecto de aserción (es decir, la afirmación por parte del locutor, que se queda en ese lugar), aspecto que es común a las dos respuestas; aspecto que hace que “¡Evidentemente!” implica no solamente que B ha dicho que se va a quedar, sino que las razones de esta decisión son tan evidentes para él (B) como para A.

En tanto en la expresión “¡Evidentemente!” el aspecto de la aserción, y la implicación según la cual lo que es asertado debería ser evidente para el interlocutor, son inseparables; no se las puede distinguir materialmente. Es por esto que el análisis de un discurso desde el punto de vista de la enunciación no es el análisis de “una parte” de este discurso, sino un análisis de este discurso en su conjunto, del punto de vista de la relación que él constituye entre el enunciador y el destinatario.

El estudio del contrato de lectura implica, en consecuencia, todos los aspectos de la construcción de un soporte de prensa, en la medida en que ellos construyen el nexo con el lector: coberturas, relaciones texto/imagen, modo de clasificación del material redactado, dispositivos de “apelación” (títulos, subtítulo, copetes, etc.), modalidades de construcción de las imágenes, tipos de recorridos propuestos al lector (por ejemplo: cobertura–índice de temas–artículo, etc.) y las variaciones que se produzcan, modalidades de compaginación y todas las otras dimensiones que puedan contribuir a definir de modo específico los modos en que el soporte constituye el nexo con su lector.

Tres exigencias presiden el análisis de un soporte a fin de localizar su contrato de lectura:

–la regularidad de las propiedades descriptas.

Las propiedades que nos interesan, no son aquellas que, por azar, pueden aparecer en éste o en otro número, a propósito de tal o cual artículo, se trata de definir las invariantes, las propiedades relativamente estables, que son recurrentes en el discurso del soporte a través de temas diferentes. Esto nos obliga a trabajar sobre corpus que cubran, para un soporte, un período relativamente largo (no menos de dos años).

–la diferenciación obtenida por la comparación entre los soportes.

Se trata siempre de localizar las semejanzas y las diferencias regulares entre los soportes estudiados, a fin de determinar la especificidad de cada uno.

–la sistematicidad de las propiedades exhibidas por cada soporte.

La descripción, a partir de la localización de todas las propiedades que satisfagan los dos criterios precedentes (regularidad y diferenciación), debe permitir determinar la configuración de conjunto de estas propiedades, a fin de delimitar el contrato de lectura y de identificar sus puntos fuertes y débiles, sus zonas de ambigüedad y sus incoherencias eventuales.

3.– El contrato en los títulos

Tomemos el caso de los títulos para ilustrar el funcionamiento de un contrato.

Un primer ejemplo es el de un discurso que podríamos llamar el “discurso verdadero”. En este caso, el enunciador no modaliza lo que dice: produce informaciones sobre un registro impersonal. Este enunciador, que no disimula su propósito, tampoco interpela a su destinatario. Este modelo correspondería a nuestro primer esquema:

E P D

Para ilustrar esto, tomaré los títulos de las revistas mensuales femeninas, pero tal enunciador existe también en otros sectores.

En este caso veremos las aserciones:

“La crisis de fe no existe”.

Encontramos también numerosas cuestiones formuladas en la tercera persona, sin indicación de destinatario:

–“Niños: —¿la niñera o la guardería?”

–“¿Por qué es tan difícil adelgazar?”

Este enunciador tiene una debilidad pronunciada por la cuantificación; nos hace saber que le importa la exactitud de sus dichos:

–“Tricot: cinco modelos explicados”.

–“Cuatro modos de ofrecer un vidrio”.

Se posicionará en donador de consejos, sin abandonar su impersonalidad:

–“Para tener verdaderamente calor”.

La combinación de aserciones modalizadas, de preguntas en tercera persona (Hay que…, o ¿es “necesario”?), de cuantificaciones de consejos en un discurso donde ni el enunciador ni el destinatario están explícitamente marcados, designa un contrato donde un enunciador objetivo e impersonal habla la verdad.

Al lado de esta modalidad, podemos caracterizar otra ligeramente diferente, que yo llamaría el enunciador pedagógico. Lo ilustraría con títulos tomados de revistas de decoración.

Tenemos inmediatamente operaciones que son comunes al enunciador pedagógico y al enunciador “objetivo”, a saber: los consejos y las cuantificaciones:

–“Ideas de 5 decoradores para baños”.

–“Cómo personalizar la decoración de la mesa”.

–“15 cocinas: vivas o calmas”.

–“Para soñar y dormir: los dormitorios”.

Simultáneamente, el destinatario empieza a ser designado explícitamente.

–“Para Usted solo: alfombras y moquettes”.

–“Ideas nuevas para su estudio”.

Simultáneamente, el enunciador se marca también:

–“Nuestro dossier del mes: la línea casa”.

–“Nuestras direcciones”.

Aquí el contrato se construye entre un “nos” y un “ustedes” explicitados, y el nexo se hará entre dos partes desiguales, una que aconseja, informa, propone, advierte, brevemente, que sabe; la otra que no sabe y es definida como destinatario receptivo, o más o menos pasivo, que aprovecha.

Las dos modalidades que hemos evocado, el enunciador objetivo y el enunciador pedagógico, caracterizan contratos que implican una cierta distancia entre el enunciador y el destinatario. Podemos contrastar con las modalidades que forman parte de una familia muy diferente, donde los contratos buscan establecer un lugar de complicidad. Existe toda una serie de figuras o de “grados” de complicidad. Vuelvo, para ilustrar, a las revistas femeninas; una primera figura es la interpelación al destinatario, mediante la utilización sistemática de fórmulas en imperativo:

–“goce el satén y el terciopelo”.

–“asegúrese su pasión por la vida”.

–“que no le falten los tarros”.

Estos títulos injuntivos, señalan directamente al destinatario. Pero este destinatario también puede tomar la palabra, es decir, el enunciador lo hace hablar:

–“Perdí todo”.

–“Viajo sola y me gusta”.

Para la lectura de este género de títulos, un cierto movimiento de identificación debe operar, para atribuir a la lectora (o al menos ciertas lectoras), la enunciación de estas expresiones. Este “efecto” salta a la vista inmediatamente, si comparamos estos títulos con los que serían los mismos producidos bajo otra modalidad, como por ejemplo, la interpelación:

–“Viaje sola: a usted le gustará”.

O como consejo impersonal:

–“Qué hacer cuando lo hemos perdido todo”.

Una tercer figura de la complicidad es el diálogo. En el discurso del soporte, enunciador y destinatario se ponen a hablar.

–“¡No, es no!”

(y entonces, ¿por qué dice sí?)

–“Lo amo pero lo engaño”

(Cómo perder este sucio hábito)

—“¡Ah, usted lee!”

En el primer ejemplo es la lectora que dice “No, es no” y el enunciador que replica. Es para destacar, en el segundo, la combinación entre una expresión atribuida al destinatario (“lo amo pero lo engaño”) y una intervención del enunciador, entre paréntesis, que está construida bajo la forma de un consejo, salvo que éste no puede aparecer solo (“este” reenvía a algo que ya ha sido dicho antes) y que el calificativo “sucio” implica una evaluación fuerte por parte de este enunciatario que lo vuelve muy diferente del enunciador objetivo o pedagógico.

El tercer ejemplo es interesante, porque la enunciación no puede ser atribuida más que al soporte, pero el título implica que alguien (el destinatario) ha hablado antes, afirmando que lee: pero esta palabra del destinatario es enteramente explícita.

Una operación que es muy utilizada en el cuadro de un contrato de complicidad, consiste en constituir una enunciación que es atribuible a la vez al enunciador y al destinatario. Para efectuarlo, hace falta emplear lo que Benveniste llamaba el “nosotros” inclusivo:(6)

–“Moda: el negro no va tan bien”.

–“nuestra ropa interior tiene charme”.

En el soporte, un enunciador–mujer habla a las mujeres: el “nos” las involucra a todas. Señalemos que la forma de diálogo puede volverse muy compleja, con la introducción de un tercero: en el discurso del soporte, de un modo más o menos explícito, un tercer enunciador parece que habla a los destinatarios pero no es el enunciador el soporte mismo:

–“Tienes lindos ojos, –Sabes?”

–“Nosotros cocinaremos juntos”.

En los dos casos, se entiende que, lo que los títulos anuncian, es la prueba en escena de una pareja (la lectora y el marido o compañero), y el enunciador–soporte los hace hablar entre ellos, antes de intervenir él mismo en tanto que informante, aconsejando o comentando.

Las modalidades que hemos rápidamente evocado no agotan, por cierto, la panoplia de operaciones que contribuyen en los títulos a la formulación del contrato de lectura. Además, pueden combinarse entre ellas, dando lugar a contratos más o menos complejos y coherentes.

Imágenes de contrato

La enunciación, lo hemos dicho ya, es una dimensión que afecta todos los elementos del funcionamiento del discurso. El contrato de lectura concierne también a la imagen. Quisiera evocar un solo problema a propósito de la foto de prensa.

Tuve ocasión de trabajar la cuestión de la utilización de la imagen en las coberturas de “News”: pude recensar 5 clases de imágenes utilizadas para la construcción de las tapas de este tipo de revistas. Tomaré aquí una de esas clases, que constituyen lo que llamé “la retórica de las pasiones ” (7).

Se trata de imágenes de personajes marcados por la notoriedad (social, política, científica u otra). Ellos ocupan a menudo las primeras planas de las “News”. Cada soporte dispone de un repertorio de fotografías del personaje en cuestión, y hace jugar las variaciones en la expresión del rostro para significar la situación del personaje en un momento determinado, situación que puede resumir al mismo tiempo la coyuntura política, económica, etc… Podemos ver a un Valery Giscard d’ Estaing dubitativo (fig. 1), enervado (fig. 2), ensimismado (fig. 3), etc. Por este procedimiento, se puede muy bien representar la determinación del personaje (fig. 4) y la dificultad de la situación que atraviesa (fig. 5).

Se puede pensar que en la imagen de prensa que concierne a la actualidad, el enunciador no tiene “lugar” para manifestarse. Y por lo tanto, hay diferentes modos de mostrar, como hay diferentes modos de decir “P”. El enunciador se marca en la imagen por todos los detalles de la técnica. Por un fenómeno de enunciación en la imagen, podemos comprender que un candidato (fig. 6) no es un presidente (fig. 7). En este último caso, la intervención del enunciador es explícita, porque se trata de un dibujo y no de una foto: el enunciador señala así su voluntad de querer significar algo por la imagen que la muestra.

Hay una diferencia importante entre las tapas 1 a 5 y la cobertura 6: ésta última es una foto de tipo “pose”, y las otras no lo son. Como se trata, en el caso de la retórica de las pasiones, de hacer significar la expresión de la cara del personaje representado, estas imágenes han sido “tomadas” al personaje; le han sido, podríamos decir, “arrancadas”. En la pose, en cambio, el personaje ofrece su imagen al fotógrafo —las “News” utilizan muy poco la pose: casi exclusivamente para los hombres políticos, y en los períodos electorales (períodos donde, en efecto, el hombre político ofrece su imagen a la consideración de los ciudadanos)— a diferencia de las “News”, revistas como París Match apelan a menudo en sus tapas, a la foto tipo “pose” (fig. 8 y 9).

Esta diferencia entre el Semanario de tipo “News” y París Match, en la modalidad de utilización de imágenes de personajes notorios en tapa, traduce la diferencia profunda entre dos tipos de soportes, en cuanto a la relación que el enunciador establece con el destinatario a propósito de la actualidad de la cual habla.

Las dos modalidades que hemos identificado (la foto de “pose” y la “retórica de las pasiones”) son, en efecto, la inversa exacta una de otra. La “retórica de las pasiones” (fig. 5) parte de imágenes concretas : cada una de ellas ha sido arrancada, lo hemos dicho, al personaje, de algún modo a sus espaldas, cada una de ellas lleva, entonces, la traza de una situación precisa, de un instante determinado donde el personaje ha sido sorprendido cuando su rostro expresaba un estado de espíritu, o una emoción. Por lo tanto, las “News” la utilizan para expresar un concepto abstracto , y poco importan entonces las circunstancias precisas donde la foto ha sido tomada: ella se ve signo de una situación global, de una coyuntura. Su presencia en la tapa traduce la actividad interpretativa del enunciador.

En París Match, la modalidad de la “pose” es exactamente lo contrario. El punto de partida es una imagen no evenemencial, atemporal: la foto de estudio, la pose. Un personaje que posa, trata de hacer ver, no el accidente anecdótico sino su carácter (o al menos, uno de sus aspectos). Por lo tanto, París Match transforma esta imagen en acontecimiento, en evento; lo que ella anuncia en tapa, es que esta semana , el personaje en cuestión habla en París Match, que él está presente, aquí y ahora, para los lectores de la revista. La aparición del personaje se vuelve así concreta y singular: en el número que lo tiene en la tapa, él ha escrito, o él ha sido entrevistado. En la cobertura, París Match, no señala su interpretación de la realidad, la presenta.

Lejos de ser extrañas al contrato de lectura, las imágenes son uno de los lugares privilegiados donde ésta se constituye, donde el enunciador teje el nexo con su lector, donde al destinatario se le propone una cierta mirada sobre el mundo.

El contrato a prueba

Los estudios de posicionamiento trabajan siempre sobre un universo de competencia determinado: el “soporte de referencia”, que es el centro del estudio, está situado frente a frente con sus competidores (más o menos inmediatos, según los casos). El análisis semiótico tiene por objeto desarmar y describir todos los contratos de lectura que componen el universo de competencia en cuestión, determinado de una forma precisa, lo que hace a la diferencia “específica” de cada uno.

Los contratos de lectura así identificados y descriptos en todas sus dimensiones, permiten comprender entonces su eficacia relativa. Para esto, el trabajo de campo es necesario.

Nos hará falta realizar ya sea grupos proyectivos, o bien entrevistas individuales semi–directas, según la naturaleza de los problemas que surgen del “soporte de referencia”. En un caso como en otro, el trabajo de campo concierne a los lectores y a los no lectores (y/o los lectores ocasionales) de los soportes estudiados.

La especificidad de esta demarcación consiste en el hecho de que la descripción de los contratos de lectura provee un conjunto de hipótesis concernientes a las propiedades de los soportes: ya no se trata de grupos o entrevistados, el campo está organizado de manera precisa, a la luz de estas hipótesis. Si se construye, por ejemplo, una tipología de lectores y no–lectores a partir de entrevistas individuales, esta tipología no será una clasificación efectuada en términos de criterios generales aplicables indiferenciadamente a cualquier práctica de consumo, sino una tipología específicamente concebida con vistas a fenómenos de lectura y no–lectura en un sector de la prensa estudiada .

El objetivo del trabajo de campo es verificar el funcionamiento del contrato propuesto por cada uno de los soportes estudiados: sus puntos fuertes y sus puntos débiles. El análisis de los puntos débiles del “soporte de referencia” permite definir los principios estratégicos de reposicionamiento tendientes a las recomendaciones de cambios de redacción, modificando tal o cuál aspecto del contrato.

Hace falta subrayar aquí el hecho de que el conocimiento detallado de la “lógica global” del contrato de lectura, permite hacer una matriz de la naturaleza y la orientación de los cambios que son deseables de aportar: un contrato no puede ser modificado irresponsablemente. Por otra parte, el estudio desde este punto de vista, permite determinar qué efectos tuvieron estas modificaciones en el posicionamiento del soporte en relación a sus competidores: el cambio de un aspecto del contrato de lectura de un soporte puede reforzar, o por el contrario, atenuar su singularidad, alejar (o acercar) a tal o cual competidor.

Hace falta insistir sobre la complementariedad entre la propuesta semiótica y la de campo. Un análisis semiótico sin datos de campo permite conocer en detalle las propiedades de un discurso de soporte tal como se ofrece al lector, pero no nos indica de qué modo el contrato de lectura así constituido se articula a los intereses, expectativas e imaginarios de los lectores. Los datos de campo sin análisis semiótico del contrato de lectura, son un dato de campo “salvaje”: se estudian las actitudes y las reacciones de los lectores y no–lectores en vistas a objetos de los cuales no se conocen sus propiedades precisamente en cuanto objetos de lectura .

El análisis semiótico nos permite conducir, más allá del repertorio de las “expectativas”, en discriminaciones mucho más detalladas de los lectores y, en consecuencia, permite una articulación mucho más precisa entre lectores y soportes.

Este tipo de investigación, estrictamente operacional, es capaz de aportar una contribución importante a la investigación de base en el dominio de los media: gracias a la teoría de la enunciación, el análisis del contrato de lectura puede, por sus resultados, hacer avanzar ese proyecto que muchos de nosotros esperamos con impaciencia: una buena teoría de los procesos de recepción en la comunicación de masas.

Referencia bibliográficas

citadas en el texto

1 Este es el modelo “speaker–hearer” de la lingüística chomskiana.

2 Roman Jakobson, “Lingüística y Teoría de la Comunicación”, en Ensayos de Lingüística General, París, Editorial de Minuit, vol. I, 1963, pp. 87/99.

3 Voir Michel Charles, Retórica de la Lectura, París, Seuil, 1977; J. Leenhardt y Pierre Jozsa, con la colaboración de Artine Burgos, Lire la lecture. Ensayo de sociología de la lectura, París, Le Sicomore, 1982; Wolfang Iser, El acto de la lectura. A Theory of aesthetic response, Routledge and Kegan Paul, 1979. Umberto Eco, The role of the reader, Bloomington, Indiana University Press, 1979.

4 El “contrato enunciativo” es una dimensión fundamental del funcionamiento de no importa cual sea el media dentro de las comunicaciones de masa, y aquel que sea el soporte significante (radio, televisión, etc.) Nuestra demarcación es para los medias en general.

5 Una introducción clara a la problemática de la enunciación en: D. Maingueneau, iniciación a los métodos de análisis del discurso, París, Hachette Université, 1976, capítulo III; pp. 99–150. Consultar el Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, de O. Ducrot y T. Todorov, París, Seuil, 1972.

6 E. Benveniste, Estructuras de las relaciones de las personas sobre el verbo, en Problemas de Lingüística General, París, Gallimard, 1966, pp. 225/236.

cf. E. Verón, L’espace du soupoon, in: Ph. Dubois et Yves Winkin (eds Langage et ex–Comunicaton, Pragmatique et discours sociaux, Louvain–La Neuve, Cabay Libraire–editeur, 1982, pp. 109/160.

Esta conferencia fue donada a Cátedra de Informática y Relaciones Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales, de la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Citamos su sitio para consultas

http://www.hipersociologia.org.ar/base.html

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Las formas sutiles de la violencia mediática

Reproducimos las opiniones de Jean Baudrillard  sobre Gran Hermano en el año 2004. Página 12 publicó este artículo en el mes de marzo a raíz de la muerte del pensador francés.

Gran Hermano, espejo de nuestra banalidad

La violencia de la imagen o, mejor, la violencia de la información han hecho desaparecer lo real. Todo debe verse, todo debe ser visible y la imagen es, por excelencia, el lugar de esa visibilidad. Así, todo lo real debe convertirse en imagen, al precio de su desaparición. He allí la seducción y la fascinación de la imagen –cualquier cosa que haya en ella, ya ha desaparecido–, pero también su gran fuente de ambigüedad.La imagen-reportaje, la imagen-mensaje y la imagen-testimonio hacen aparecer la realidad, incluso la más cruda, ante nuestra imaginación, pero haciendo desaparecer, al mismo tiempo, su sustancia real. Un poco como ocurre en el mito de Eurídice: cuando Orfeo se vuelve a verla, ella desaparece y retorna a los infiernos.De este modo, el inmenso comercio de las imágenes demuestra una enorme indiferencia por el mundo real que termina no siendo más que una función inútil de él mismo, un ensamble de formas y eventos fantasmas que no están demasiado lejos de las sombras proyectadas sobre los muros de la caverna de Platón.Un buen ejemplo de esta visibilidad forzada son las distintas versiones de Gran Hermano y todos los programas del mismo género, los reality-shows. Allí donde todo se da a ver, nos persuadimos de que ya no queda nada por ver. Son el espejo de la banalidad y el grado cero. En ellos contemplamos una socialización virtual, forzada, que manifiesta la desaparición del otro como ser social. El mito de Gran Hermano, la visibilidad policíaca total que plantea la novela 1984, se transfiere al propio público que resulta movilizado como voyeur y juez al mismo tiempo. Más allá del control, los sujetos involucrados dejan de ser víctimas de la imagen, se convierten inexorablemente ellos mismos en imagen: son visibles a cada instante, están sobreexpuestos al foco de la información y se los obliga todo el tiempo a producirse, a expresarse. Hacerse imagen implica exponer toda cotidianidad, todo infortunio, todo deseo, toda posibilidad, no guardar ningún secreto; hablar, hablar, comunicar incansablemente.Tal es la violencia más profunda de la imagen: una violencia contra el ser singular y el secreto, y al mismo tiempo una violencia contra el lenguaje, que se ve reducido al papel de mero operador, perdiendo toda dimensión irónica, de juego y distancia e incluso su dimensión simbólica.Sin embargo, junto a esta violencia de la imagen, es posible advertir también una violencia contra la imagen. Una operación como Gran Hermano hace visible una imagen de certeza de la realidad, una trasposición de la vida cotidiana, según el modelo dominante. ¿Un tipo de voyeurismo pornográfico? Para nada. No se trata de sexo aquí sino del espectáculo de la banalidad que constituye hoy día la verdadera obscenidad. En el momento mismo en que le resulta imposible ofrecer una imagen de los eventos del mundo, la televisión se dedica a “desocultar” la vida cotidiana, la banalidad existencial como el evento más escalofriante, la actualidad más violenta, el lugar mismo del crimen perfecto. Y la gente –yo, ustedes, cualquiera– queda aterrorizada y fascinada ante la indiferencia de este “nada que ver”, “nada que decir”, la indiferencia de lo mismo, de su propia existencia, asumiendo la banalidad como destino, como el nuevo rostro de la fatalidad.

El filósofo francés Jean Baudrillard falleció la semana pasada a los 77 años. Estas líneas, dedicadas a Gran hermano, fueron palabras pronunciadas el 19 de mayo de 2004, durante un coloquio en la École Normale Supérieure de París.

Radar|Domingo, 11 de Marzo de 2007 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3659-2007-03-15.html 

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La guerrilla hermenéutica: La interpretación más allá de la risa

por Carolina Nobile

“Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible”

Jorge Luis Borges

Hace casi setenta años (toda una eternidad, si lo medimos con la vara de la posmodernidad) un enfant terrible de apenas 23 años pasó “accidentalmente” a la historia de la Mass Communication Research aterrorizando a cientos de miles de personas al anunciar, en el marco de la dramatización radial de La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, una invasión marciana. La broma de Halloween de Orson Welles y su compañía de teatro Mercury Theatre disparó el estudio de los efectos sobre las audiencias en el campo de las comunicaciones de masas. La postura dominante suponía que los medios provocaban efectos concretos a corto plazo y que el emisor podía preverlos y controlarlos. Hoy, por el contrario, como dice Mauro Wolf en La Investigación de la Comunicación de Masas, “ya no estamos en el campo de los efectos intencionales, vinculados a un contexto comunicativo limitado en el tiempo y caracterizado por objetivos dirigidos a obtener dichos efectos”[1], sino que estos se perciben a largo plazo y en interacción con otras variables. Las nuevas corrientes restituyeron -parcialmente, ya que nada puede darse por sentado y definitivo en el estudio de las comunicaciones- la figura del individuo y las condiciones de recepción y decodificación de los mensajes (no en vano han pasado Barthes y Eco, entre muchos otros).
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2 comments Noviembre 20, 2008

Narrativas hipertextuales: hacia una redefinición del concepto de hipertexto

Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda,
Seguiremos narrándolas, transformadas.
Jorge Luis Borges, Los cuatro ciclos.

La noción de hipertexto inspiró gran profusión de ensayos desde la década de los ochenta, algunos provenientes de la ingeniería informática y en relación con la revolución cultural originada por la irrupción de las nuevas tecnologías de la información, en cuyo contexto, hipertexto designa al texto electrónico; otras, provenientes de la teoría literaria y los estudios semiológicos, en las que el término comenzó a utilizarse para definir una de las modalidades de producción literaria, cuya acepción, sobre todo en el caso de Gerard Genette, es diferente y designa la relación entre textos literarios.
Sin embargo, en la misma época, surgen interesantes conexiones entre las corrientes teóricas que analizan la dimensión tecnológica del hipertexto, es decir, el uso del texto digital y sus implicancias, entre varias, el posible desplazamiento del texto impreso por el texto electrónico y otras preocupaciones referidas al futuro del libro; por otra parte, los estudios provenientes de la semiótica, la teoría literaria y la filosofía, que analizan la dimensión metafórica del hipertexto.
Si bien la proliferación de ensayos sobre el tema y la carencia de una definición unívoca del término generó cierto caos conceptual, podría considerarse que en los últimos tiempos y, a partir de ciertos aportes teóricos que intentaremos sintetizar en el presente trabajo, el concepto de hipertexto asume la categoría de metáfora apta no sólo para caracterizar al texto digital o a cierto tipo de texto literario, sino también, en un sentido más amplio, como una noción válida para caracterizar las producciones culturales contemporáneas.
Intentaremos una redefinición del concepto de hipertexto a partir de la recapitulación del origen del término y de la revisión de las diferentes acepciones que fue asumiendo a partir del aporte de autores provenientes de diversas disciplinas, con la intención de unificar criterios que pueden ser contradictorios sólo en apariencia.
Nos proponemos, por último, ejemplificar esta redefinición a algunos aspectos de la obra cinematográfica del cineasta australiano Baz Lurhman.
Haciendo historia: el hipertexto electrónico.
El primero en utilizar el término hipertexto fue el ingeniero norteamericano Théodore Nelson en un congreso de 1965 y en referencia a una nueva modalidad de escritura en computación, según la cual cada unidad textual podía dar paso a un acceso no secuencial. Nelson retomaba entonces las ideas del ingeniero en informática Vannevar Bush[1], quien en un artículo de 1945, que hoy se considera profético, generó el proyecto de un sistema de almacenamiento del saber humano gracias al cual cada usuario podría interconectar a gusto todo tipo de documentos para crear otros.
Correspondió a Ted Nelson, sin embargo, la invención de un sistema de archivación de información que dio origen a la actual Internet. Su sistema, al que bautizó Xanadú[2], permite la transmisión de documentos interconectados. La estructura de Xanadú es concebida como una red destinada a “proveer millones de documentos a millones de usuarios que en forma simultánea siguen las conexiones y las ventanas a través del cuerpo de un hipertexto en continuo crecimiento”[3]. Para Nelson, el pensamiento y el habla son intrínsecamente hipertextuales. Sólo cuando escribimos reordenamos las ideas que surgieron de manera arborescente y las colocamos en la secuencia requerida por la lengua escrita. El texto, según Nelson, puede ser comprendido sólo como una estructura en evolución, casi proteiforme. A partir de esta idea de Nelson, el término se aplicó en el ámbito de la informática y de las ciberculturas a toda producción de textos que no fuese lineal o secuencial. El hipertexto como metáfora
En su libro Tecnologías de la inteligencia, el francés Pierre Lévy considera un aspecto tecnológico y un aspecto metafórico de la hipertextualidad. En un sentido muy simple, un hipertexto es un conjunto de textos unidos por enlaces o links. Pero Lévy utiliza este concepto como metáfora de una tecnología intelectual que abarca el trabajo colectivo distribuido entre conjuntos de máquinas y humanos, con el objeto de aumentar el funcionamiento de los grupos. Para Lévy, el hipertexto es una metáfora que representa el trabajo en colaboración entre grupos de máquinas (redes) y grupos de humanos (comunidades).
En relación con esta noción de Pierre Lévy, es interesante el aporte del filósofo argentino Alejandro Piscitelli, quien señala que, si bien la digitalidad es la materia del hipertexto, no es su condición única. Para el filósofo argentino, bien podría considerarse que esa condición metafórica a la que Lévy se refería, lo transforma en “un concepto útil para describir la estética y la cultura de nuestro tiempo: los acontecimientos no se desenvuelven linealmente, las posibilidades narrativas son múltiples, las narrativas se desarrollan como procesos interactivos entre autor y lector”[4]. Todos estos conceptos están presentes en la red, pero también se encuentran en otros soportes: en la llamada corriente del fluir de la conciencia en literatura o en la obra de los escritores del llamado boom latinoamericano, en el cine que provoca un quiebre de la narrativa lineal; todos estos hechos culturales presentan rasgos de hipertextualidad y requieren del lector una modalidad de lectura participativa.
Las teorías de Nelson pasaron al ámbito de la teoría literaria por el interés que despertaron en George Landow, profesor de literatura inglesa en la universidad norteamericana de Brown, autor de una de las recopilaciones más importantes sobre el tema y miembro de la llamada Escuela Posmoderna de Ficción. Inspirado en el enfoque semiótico de Roland Barthes y la teoría de la deconstrucción derrideana, Landow concibe al hipertexto como un medio que conecta informaciones verbales y no verbales. La hipótesis de Landow es que el hipertexto cambiaría radicalmente las experiencias de la lectura y la escritura y aún el concepto mismo de texto.
Según Landow, el hipertexto atomiza al texto de dos modos: por un lado, en relación con la composición, elimina la linealidad de la imprenta, liberando cada párrafo de su colocación dentro de un orden secuencial. Por otro lado, en relación con el modo con que se accede al hipertexto, destruye la idea de un texto unitario y estable, con lo cual, reformula los roles tradicionales del autor y el lector. El hipertexto reclama un lector más activo, un lector que no sólo debe elegir sus recorridos de lectura sino que tiene la oportunidad de leer como si fuera autor. A la lectura lineal que impone el texto impreso se agrega un nuevo hábito de lectura que surge del acceso al hipertexto, una lectura arborescente o en profundidad a partir de hipervínculos.
El autor, de este modo, cede parte de su tarea al lector, tendencia que se acrecienta en tiempos de Internet a partir de la escritura en colaboración: una modalidad de escritura interactiva creada con el aporte de usuarios que participan desde contextos geográficos, sociales y culturales diversos y en tiempos también diversos.
El escritor de hipertextos confiere de ese modo mayor poder al lector, aun cuando parece hacer más difícil su tarea. Casi todos los autores que teorizaron sobre el tema ven en esta tendencia a la producción de hipertextos, una mutación de paradigma, que señala una revolución en el pensamiento humano; no sólo se manifestaría una alternancia de la escritura electrónica en relación con el texto impreso, con las ventajas y desventajas que este proceso conlleva, sino una revolución cultural con implicaciones profundas para la literatura, la educación y la política.
Sería válido concluir entonces que la hipertextualidad es una característica de cierta producción cultural contemporánea, una tendencia que Internet no crea, sino que sólamente incrementa.

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